Personal, Reflexiones, Vida

Al buen padre.

Aquel cuya sonrisa se hizo nueva con tu anuncio, y al instante frunció el ceño preocupado por el futuro que te debía. El hombre que ya soñaba con ese chico que sería una versión mejorada de sí mismo, o con esa chica que, además, se convertiría en la auténtica niña de sus ojos. El joven, nervioso e impaciente, que acompañaba a tu madre en el momento más importante de su vida, y que olvidó todos sus miedos al tomarte en brazos por primera vez, y mirarte como nunca pensó que lo haría.

El padre que se armó de paciencia durante tu infancia y que, aun cansado, supo arañarle minutos al tiempo para tirarse y jugar contigo en el suelo, bañarte, contarte sus particulares cruzadas de niño, o inventar una historia nueva cada noche, convirtiéndose -sin saberlo- en el mejor héroe de todas tus épocas. El chaval que nunca dejó de ser y que se recordó para ti.

Quien sufrió con tu adolescencia, con tus llegadas tardías, con tus desaires, con tu injusticia generacional. El que te excusaba ante mamá, porque eso ya le había pasado a él… o a ella… Quien te llevaba y recogía a donde fuera y de donde fuese. Quien te presumía orgulloso ante sus amigos y -alguna vez- te avergonzaba con ello. Aquel que amaba y respetaba a tu madre porque sabía, sin haberlo leído en consejería alguna, que era la manera más perfecta de amarte y respetarte a ti.

Al buen padre que está. Que estuvo. Al que te quiere sin nunca decirlo, demostrándolo a cada paso. Quitándose él y guardando para ti. Velando callado, aquí o allá, tu vida que es la suya desde aquella primera sonrisa. Aquella maravillosa sonrisa que se hizo nueva con tu anuncio y que se volvería única con tu presencia. Ahora que eres mayor y recuerdas, no olvides ser feliz: a él, como a mamá, se lo debes…

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