Consejos, Opinión, Personal, Vida

El amor mantenido en el tiempo.

Si parto de la primera acepción de la R.A.E. para la palabra “enamorado”:

enamorado, da.

  1. adj. Que siente amor y atracción sexual por alguien

entiendo que a quienes vivimos en pareja, de forma voluntaria, se nos puede aplicar el adjetivo, por muchos años que llevemos en la misma empresa. Vamos, que el adjetivo no corresponde (solamente) a esa primera fase emocional de atracción bioquímica y caótica entre dos. Que no termina ahí, sino que evoluciona hacia el amor real, maduro y sereno, pero amor al fin y al cabo, nada de sucedáneos de menor rango. Esto puede parecer una perogrullada, pero me consta que no lo es en absoluto. Para mí el cariño o el afecto (sentimiento bastante para algunos) no es suficiente para vivir con un hombre hasta el fin de mis días; yo necesito sentir (y seguir sintiendo) amor del bueno -que no enamoramiento-, y necesito sentir atracción/admiración. Por supuesto pretendo lo mismo por la otra parte, porque el amor desinteresado es el que reservamos para los hijos. En muchos casos, para los padres. Y pare usted de contar, compañero.

¿Cuál es el problema? Ese que con tanto acierto ha señalado Lotería Nacional en su “Sorteo Extraordinario de San Valentín”: la rutina. Cuando se llevan veinte, veinticinco, treinta años conviviendo con la misma persona (algo cada vez más raro, y puede que por lo sugerido en el párrafo anterior), se sabe uno del otro lo más grande. Sabemos más del otro que el otro. Nos tenemos cogidas las vueltas, así queramos engañarnos, y por eso se hace imprescindible un pequeño esfuerzo para que la confianza no dé el asco que suele dar, y el amor no acabe siendo un mero afecto obligado. Como creo que en esto del mantenimiento puedo ofrecer algunos consejos, los expongo a continuación, sin señalar si todos ellos se cumplen en mi caso/casa, o no. La intención vale. Y mucho…

  • Escuchar al otro con atención. No bostezar, no interrumpir, no a los ojos en blanco…
  • Tener citas. Salir cuando los hijos ya no acompañan, como cuando novios.
  • Dialogar. Por turnos, sin que uno huya cuando le toque al otro.
  • Mantener el sentido del humor. Nada de burlas hacia la pareja, ni bromas sexistas.
  • Viajar de vez en cuando. Planificar un gran viaje, e intentar llevarlo a cabo.
  • Planear escapadas. Con una noche fuera de casa, basta.
  • Regalarse juguetes y utilizarlos. Por supuesto, no me refiero a la Peppa Pig
  • Disfrutar de encuentros íntimos. Tomar la iniciativa, uno, y estar disponible, el otro.
  • Respetar y valorar a la pareja. En público y en privado, siempre.
  • Facilitar que el otro pueda cumplir sus sueños. Nunca suponer un obstáculo.
  • Reducir al mínimo la crítica. Solo cuando es imprescindible y después del elogio.
  • Atender a sus gustos. Ser observador con lo que prefiere la pareja, y procurarlo.
  • Recordar las fechas importantes. Aniversarios, cumpleaños, etc.
  • Estar presente en los momentos clave. Profesionales y personales de la pareja.
  • Cuidar al otro. Estar enfermo ya es bastante rollo. No vale abandonar.
  • Olvidar celos y envidia. Confianza y orgullo, en su lugar.
  • Tener siempre alguna novedad que contar. Por nimia que sea.
  • Defender a tu pareja. No dejarla nunca sola ante el peligro.
  • Hacerla sentir libre. Para decidir, para trabajar, para socializar…

Solo una cosa para terminar: si hay amor y atracción sexual, si el estado de la pareja es el de “enamorado” (aun con el Cupido canoso y barrigón), este mantenimiento nunca será molestia, sino que se hará con mucho gusto y muchas ganas, durante todo el tiempo que la vida nos dé.

Feliz San Valentín…  😉 

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