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Aniversario de “Un soneto para Luana”: el recuerdo agridulce.

Fue viernes, veinticinco, del mes de noviembre de hace un año. Llovía como solo yo recuerdo, y el ambiente prometía la frialdad que más tarde se confirmara: “Un soneto para Luana”, de Serial Ediciones, se presentaba en Sevilla, en su sala La Revuelta, con toda la ilusión y esperanza que conlleva sacar un libro a la calle, aun cuando esa calle guardara silencios de indiferencia.

Ya existe mucho escritor cobista y autocomplacido, cuya imaginación a la hora de reseñar un evento se amplía hasta límites increíbles para los que conocemos el mundillo. Ya existe mucho escribidor conformado con dibujar, para sí mismo y sus vanidades, aquellas historias, reales o ficticias, que el tiempo (libre) le brinda. Ya imperan mucha sonrisa, falsedad e hipocresía en el aire como para que yo, a estas horas, me acoja a ellas y no cuente algo parecido a la verdad. Porque la verdad, como todo, se cuenta subjetiva, rencorosa, y según se va saliendo de la particular feria.

Puede que mi recuerdo, amortiguado por los polvos de los meses, se nuble más de lo debido. Puede que no sea todo lo fiel a mi verdad como quisiera, pero esto, finalmente, es lo que queda en la memoria de aquel viernes agridulce: alegría, fe, nervios, confianza, preparativos, chucherías, maquillaje, ayuda, risas, lluvia, frío, prisas, noche, mensajes, excusas, disculpas, calladas, lluvia, frío, coche, atasco, plaza, llegada, amigo, ensayo, lector uno, marido, hijas, lluvia, frío, excusas, ausencias, vacíos, tardanza, expectación, nervios, decepción, aceptación, profesionalidad, libros, trabajo, apoyos, madre, hermana, cuñado, primo, prima, amigos, lectura, vídeo, explicación, lejanía, firmas, sonrisas, anuencia, fotos, detalles, agradecimiento, lluvia, frío, despedidas…

A diferencia de cualquier escritor que se precie, cuyas presentaciones son todo un éxito y un lleno absolutos (ejem), yo confieso que la mía no lo fue, a pesar del amparo y profesionalidad incuestionables de quien me presentaba –Javier Compás-; de quienes me acompañaban a través de la tormenta perfecta, y de mis inenarrables ganas de que un acto tan importante para mí saliera a la perfección. Puede que el listón lo colocase demasiado alto, que mi confianza en la respuesta fuera excesiva, o -simplemente- que mereciera más el frío que el arrope. Todo puede ser.

El recuerdo, por tanto, es agridulce y húmedo. Lo recupero hoy, libre de falsedades y conveniencias, como homenaje a la protagonista de mi historia, Luana, que tampoco sabía de medias verdades, caretas, y demás artificios, y como rescate, una vez más, de aquel soneto escrito por Lope de Vega, que tanto venero y que tan presente luzco: esto (trabajar, confiar, creer, apostar, agradecer, apoyar, emprender, caer, levantar) es amor. Quien lo probó, lo sabe.

P.S.: Gracias mayúsculas a todos los que colaboraron para que el 25 de noviembre de 2016 tuviera su parte más dulce.

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