General, Micro-relato

Auténtica.


Era una auténtica muñeca. Nada más verla se dio cuenta de que no encontraría a otra como ella: su melena -su seña de identidad- era perfecta, rubia, ondulada, brillante, suave, larga, sensual; el iris de sus enormes ojos había sido pintado con el celeste de los buenos días,  los labios eran carnosos, rojos y predispuestos al beso y la sonrisa, su piel gozaba de un blanco inmaculado que coqueteaba con el rosa de sus mejillas, simulando rubor… La figura -¡ay, la figura!- conformaba un esbelto violín, tocado únicamente por las manos más nuevas, y se cubría decoroso con un vestido de fiesta azul palabra de honor. El pequeño adorno floral sobre su linda cabeza y unos preciosos zapatos de tacón de aguja, completaban la imagen de Nadia, toda una belleza nórdica promotora de envidias y suspiros…

-¿Me la dejas ya, Marisa? ¡Me lo has prometido y el recreo se acaba!

-Vaaaaleeeee, pero solo un ratito y porque eres mi mejor amiga. Ten.

Era una auténtica muñeca.

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