Cuento, Ficción., General, Relato breve

“Gracias por su colaboración”.

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Contrariado, no pudo evitar dirigirse hacia la puerta de su apartamento. Aquel timbre llamando a sentencia elevó su presión arterial, y disparó las pulsaciones de tan desahuciado corazón. Desde el principio contó con que no existiría escapatoria, de modo que cuando vinieran a buscarle se entregaría, y al fin conseguiría conciliar el sueño, aunque fuera en una maldita celda. El cambio solo sería físico, pues él venía cumpliendo condena desde aquel momento en que Lucía pronunciara un nombre distinto. Concluyó que era la hora, y en lugar del hombre, la desesperación y el remordimiento abrieron a la justicia.

-Buenas noches –susurró un jadeante policía, mientras recuperaba el aliento apoyado en el quicio de la entrada.

-¡Sí: fui yo, fui yo! –interrumpió el obligado anfitrión-. La maté. A mí no me dejan por nadie ¿sabe? Pero… ¿qué le pasa? ¡Saque las esposas y acabemos, joder!

El agente, disimulando su sorpresa, calló la pregunta de su mente, recordó legales derechos, y detuvo a quien resultó ser el asesino de Lucía Sánchez, la pobre mujer de aquel desgraciado. Sin duda alguna, un crimen de sangre era mucho más importante que la persecución del astuto carterista que, escondido a prudencial distancia, observaba divertido la escena…

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2 comentarios

  1. Manuel

    Marga:
    El relato es escalofriante en tanto que lo que parecía un elemento marginal a la trama resulta que nos enfrenta sorpresivamente a una cuestión mucho más profunda y, par qué negártelo mucho más oprobioso.
    Pero nos vamos a quedar con el relato, muy ocurrente francamente., con la sorpresa final…

  2. Gracias por tus palabras, Manuel. Pocos ojos leen tan bien mis relatos… 😉

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