Cuento, Relato breve

Kity y yo (II).

No había marcha atrás ni falta que allí hacía: Kity, rubia y abierta, me aguardaba tendida en su cama, inmóvil al ojo humano y seductora al animal. Me acerqué muerto de miedo y deseo para saludarla y hacerle alguna pregunta, algún comentario trivial que rompiera el hielo de nuestras tristes almas, pero recordé a lo que se iba a aquella casa y renuncié. Farfullamos el mismo silencio de pareja ridícula que jamás debió conocerse y que -a la postre- nunca se conocería. Y la admiré…

Sus perfectos rasgos eran fieles a la imagen anunciada, y me perdí en la boca que había atrapado mi voluntad desde un periódico con olor a café, besándola tantas veces como supe y pude… Kity se dejaba hacer, como buena profesional que era, y me alentaba desde su misterio a experimentar cada postura que mi genital imaginación dibujara: por delante se sentía deliciosa, suave, confortable, reconocible y amada. Por detrás se mostraría sumisa, preciosa, felina e inagotable para mí. La recorrí con la locura que ya dolía en la conciencia, pero que me servía de vial del que extraer mis sucesivas dosis de placer. Cuanto más la penetraba, más necesitaba hacerlo. Cuanto más la poseía, menos me recordaba yo.

De reojo miré mi reloj de pulsera, ese que un día me regalara la mujer que terminó con mi cordura, y constaté el final de los tiempos. De aquel y de este también. La más sexual de las horas podía darse por concluida, y de igual modo mi aventura con la chica maravillosa. Agotado y envuelto en sudor, encendí un cigarro e ignoré la lógica prohibición de fumar del local. Me tumbé al lado de mi Kity, la miré, le sonreí, la acaricié por última vez y me despedí de sus condenados labios.

Debía irme cuanto antes, o aquella desalmada muñeca de látex se apoderaría de algo más que mi cuerpo y mi mente: se adueñaría de mi espíritu, y eso era algo para lo que este aventurero aún no estaba listo.

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8 comentarios

  1. Muchas gracias, Marga, por escribir cosas tan bonitas.

    Quizá el trasfondo sea un poco triste, pero me gusta mucho cómo lo has escrito. Hay mucha sutileza y mucho cuidado en la forma en la que has escogido las palabras, queriendo ofrecer un mensaje pero sin decirlo “expresamente”. Me ha gustado mucho. ¡Enhorabuena!

    Te animo a seguir escribiendo, porque en verdad lo haces muy bien.

    Un beso grande desde Valladolid. 😉

    A.

    1. ¡Oh! ¡Qué comentario tan bueno! Me viene de perlas justo ahora (es un ahora eterno el mío) que pensaba que nadie me leía… Gracias a ti por leer y dar tu entendida opinión. Sigo, pues.

      Otro beso, este desde Sevilla.

  2. Juanjo Rey

    De elegantes formas, pero más explícita que otras veces. Me gusta. Final inesperado.

    1. De elegantes formas y sevillanas maneras… Gracias, Juanjo.

  3. Manuel

    Carai: el relato escondía una sorpresa inesperada. Yo me había hecho la composición de que el trasfondo de la historia era amor del “tarifado”, pero casi me resulta menos agrio encontrarme con que el objeto del deseo del protagonista es eso, un objeto, que si resultase ser una mujer empleada como simple objeto, que es tan habitual, lamentablemente, y por ello tan repulsivo desde mi sensibilidad.
    El regusto amargo siempre reside en la soledad mal llevada del protagonista.
    Haces muy bien el crear ese clima de creciente intriga que se desborda en una dirección inesperada.
    Me gustó, mucho pues, el relato como tal.

    1. Estupendo entonces, Manuel. A mí tampoco me gusta nada ese submundo, y también resulta triste utilizar según qué juguete, pero al menos el sufrimiento se reduce a la mitad. Gracias por tu opinión.

  4. Manuel

    ¡Huy!: corrijo la primera palabra:
    Caray….

    1. ¡Caramba! Bien corregida.

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