Ficción., Microrrelato

La invitada.

Aquella mañana de abril, tan azul y templada, Saúl se vistió de gala entre confusas voces interiores; había de acudir a una boda, y él no era hombre de fastos ni ceremonias. Sin embargo, las promesas estaban para cumplirlas, y si de algo podía presumir era de tener palabra. Iría, claro que sí, y con su mejor sonrisa por estrenar.

La hacienda donde se realizaba el acto civil y el posterior festejo era realmente preciosa: un inmenso jardín de cuento de hadas, con incontables recovecos (donde esconderse del invitado pesado o del cuñado chistoso) se aparecía ante sus ojos, para dar paso -un poco más al fondo- a las sillas ataviadas de blanco nupcial, pespunteadas de flores minúsculas en sus extremos, y separadas por el pasillo que conduciría a los novios ante el oficiante. Todo estaba listo para que diera comienzo el espectáculo. Entonces, el incómodo nudo de la corbata de Saúl comenzó a aflojarse cediendo el turno a la comodidad. Ese instante de bienestar tenía nombre de mujer. Y él estaba a punto de averiguar cuál era.

-Disculpa, creo que ese es mi asiento. Soy Mar. Tal vez tu sitio esté algo más adelante…

Saúl comprobó, tras recoger discreto el corazón recién salido del pecho, que la invitada tenía razón: su lugar no era aquel que -casualmente- pertenecía a la mujer más bella de cuantas allí se daban cita. Justo ahora sabía bien de su error, pero también sabía que la ocasión de enmendarlo no se presentaba con facilidad, y la suya estaba allí delante, vestida y calzada de rojo, esperando sonriente su reacción. Sin más dudar se acercó y le susurró al oído.

Sígueme. Ahora te explico.

Y tomando de la mano a la desconocida que le había hecho renegar de su cordura, se alejó del escenario nupcial para adentrarse en otro mucho más prometedor, plagado de naranjos, palmeras, almendros y arbustos de todo tipo y tamaño, que guardarían a la pareja de miradas inquisitivas. Saúl, encantado por la rendida anuencia de la chica de nombre azul, buscó finalmente refugio tras un arco encalado y trepado por un frondoso jazmín, que enmarcaría a la perfección su aventura.

-Verás: me llamo Saúl, y desde que entré en la finca no he podido quitarte la vista de encima, como si estuviera hipnotizado, o hechizado… ¡no lo sé! Después, te has acercado, me has hablado y te has presentado. Para mí es suficiente: llámame loco, llámame anormal, llámame lo que quieras, pero te quiero y te deseo como  nunca a nadie en mi vida. Pensé que tenías que saberlo. ¿Qué te parece que hagamos ahora, Mar?


Sin mediar palabra, la invitada que vestía la pasión soltó la mano del hombre que ya sudaba pánico, y se estrechó contra su pecho, permitiendo con ello que supiera de su aroma a azahar y ganas… Él, rendido, entregado y agradecido por su suerte, comenzó a pronunciar el sí que, de forma acostumbrada, da paso a la gloria más inconsciente y salvaje. El sí que abre puertas y cierra pudores. El sí que recuerda la alegría de sentirse vivo.

El sí, quiero.

-…Y yo os declaro marido y mujer. Saúl: puedes besar a la novia. ¡Felicidades, pareja!

…………………………………………………………………………………………………………..

Tardó tiempo en dejar de comentarse por los invitados al enlace de Saúl y Carla lo que entonces allí aconteció. El novio, apenas hubo salido de su ensimismamiento, protagonizó una de las escenas más insólitas de cuantas han podido presenciarse en una ceremonia: enajenado, aturdido y furioso, gritaba el nombre de Mar ante la perpleja mirada de su flamante esposa que, indignada, arrojó el buqué de azahares contra el suelo y desapareció rápidamente de escena. A continuación, un médico que se encontraba entre los invitados, atendió al desconsolado contrayente, cuyo llanto conmovía al más hierático de los individuos, para luego acompañarle hasta su casa y suministrarle el sedante que le ayudaría a recuperar la calma. El matrimonio fue declarado nulo, y con el tiempo las aguas volvieron a su cauce, y las vidas a su tedio.

Aún hoy -diez años más tarde- se dice que Saúl visita de vez en cuando la hacienda, siempre que el coraje se lo permite, porque asegura a quien quiere escucharlo que solo allí puede ver a Mar, entre naranjos y palmeras, y siempre vestida del rojo que a él embrujó.

Nadie, nunca, le creyó jamás.


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6 comentarios

  1. Pilar Alcalá

    Me ha encantado Marga. Y te diré una cosa: ¡es muy becqueriano! O lo mío es grave…

  2. jajaja… Bueno, lo tuyo es como es… 😉 Pero sí, algo hay (¡o eso se intentó!). Gracias infinitas por la comparación, que anímicamente ayuda bastante a seguir.

    Un beso, mujer de leyenda.

  3. Pilar Alcalá

    Hay mucho… créeme!!
    Y para mujer de leyenda… tú!!!!
    “Rumor de besos”…

  4. Teresa

    Muy bonito, Marga.

    Y es verdad, muy bequeriano. Un saludo

  5. Manuel

    Marga:
    Es cierto el aliento becqueriano de tu relato … Y esto de por sí ya me parece una expresión de reconocimiento en tu favor. Es un talento que merece resaltarse.
    Prosiga, pues, señora escritora.

  6. Teresa, Manuel: GRACIAS.

    Proseguiremos, pues… 😉

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