General, Opinión

La palabra rota.

Siempre he pensado que la frase “una persona vale lo que vale su palabra” es una de las más acertadas que existen. Simple y cierta, vengo comprobando su autenticidad desde hace un tiempo. Mi forma de ser y entender, algo literal, algo ingenua, me impide regalar una palabra con tara. Esto es: una palabra rota. Ante la duda, apuesto por el silencio.

Palabra tarada, para mí, es promesa incumplida. Humo vendido. El motivo o la excusa que llevan a negar la ofrenda voceada, es secundario en la mayoría de los casos. Salvo excepciones últimas de causas mayores, la palabra dicha debe volverse acción ejecutada, si es que luego deseamos credibilidad y respeto. Y justa correspondencia.lips-374516_1280

Prometer y prometer, sin meter (entiéndase la metáfora), es una insensatez de no contar con la mejor de las intenciones, que no puede ser otra que el cumplimiento del pacto previsto. Es una locura empeñar la propia palabra para, finalmente, perderla a la menor ocasión. Esto ocurre a quienes por bien quedar, por no saber decir no, por afán de protagonismo, o por negarse a guardar cauto silencio, hablan y hablan (o escriben y escriben) sin descanso sobre lo que van a hacer. Sobre lo que te van a hacer…

La palabra se regala a espuertas con una mano, mientras la otra mantiene -escondidos- los dedos cruzados, renegando la mínima pretensión. Somos incapaces de darnos cuenta del daño infligido a nuestra propia reputación al desdecirnos. Al incumplir. Al ausentarnos. Al garantizar en balde. Al augurar la nada de una oferta sin fondo ni futuro.

En realidad, mantener la palabra intacta es muy sencillo: se trata de no decir y no prometer, salvo que se esté convencido al 100 % de la veracidad del dicho o promesa. No intentar salvar los muebles de la apariencia. No pretender ser el amigo de todos en cada fiesta. No llamar o escribir al prójimo, para luego jugar al escondite con él. No hacer del compromiso (por ti iniciado) un fraude.

La lealtad con uno mismo y con los demás empieza por la palabra. La nueva, la impoluta, la legítima. Valemos lo que ella…

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4 comentarios

  1. Juanjo

    Incluso de buena fe, incluso si eres olvidadizo, despistado o inconsciente, la palabra es tu sello de garantía. Tu aval ante los demás.

    1. Hablando de presentes, que el pasado, pasado es, no soy capaz de decir nada que no piense hacer. Será por eso que prometo tan poco y que digo aun menos. Gracias por la opinión, Juanjo.

  2. Manuel

    Buenos días, Feliz año:
    Regreso aunque no me había ido, realmente. Pero reconozco que había quedado descolgado de tu página y tu reenganche se me pasó por completo.
    Yendo al tema: el principio enunciado de no prometer lo que no se puede cumplir y empeñar en vano la palabra, no tiene discusión. Pero recuerda que somos humanos y que a veces hacemos cálculos erróneos o exámenes incorrectos de la realidad. No siempre hay malicia detrás y un desliz siempre se puede cometer. Lo que marca la diferencia es el patrón que se sigue. Si la palabra de uno la lleva el viento sistemáticamente, mejor alejarse, porque para confiar no podemos depositar la fe en cualquiera..
    Y sí… inexcusble siempre es que si metes la pata, lo reconozcas y no busques desviar culpas o echárselas al empedrado.

    1. Se te echaba de menos, Manuel, pues tus comentarios son siempre necesarios y queridos en este blog. Sí, somos humanos. Unos más que otros, para bien y para mal… pero no se debe jugar con la ilusión del otro empeñando una palabra que sabes, de antemano, que es falsa. Bienquedar termina malquedando. Gracias por volver.

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