Personal, Psicología., Reflexiones, Vida

Los pendientes que no nos favorecen.

Puede ser uno o pueden ser tantos como soportemos y nos dé lugar: pendientes ¿quién no los tiene en su vida? La asignatura que concluiría tu carrera. La ortodoncia que abriría tu sonrisa. La cirugía que achataría tu perfil. Los estudios que facilitarían tu expresión. La disculpa que reconciliaría tu familia. La lectura que ampliaría tu vocabulario. El trabajo que remuneraría tu esfuerzo. El ejercicio que repondría tu salud. La dieta que mejoraría tu figura. El matrimonio que certificaría tu amor. La maternidad que colmaría tu instinto. El idioma que duplicaría tu lengua. El baile que movería tu ánimo. El logro que sometería tu envidia. El viaje que mataría tu miedo. La información que ajustaría tu discurso. La empatía que callaría tu crítica…

Podemos dejar de lucir la mayoría de estos pendientes en cuanto nos lo propongamos. Una pequeña parte, sin embargo, no depende en exclusiva de nosotros mismos, y es la que ahora ocupa esta reflexión (particular, como todas las mías). Hoy me quiero referir a esos colgantes que llevamos adheridos de forma perenne para la oxidación de nuestro ser, y que -lejos de reportar ningún beneficio a nuestras vidas- nos perjudican, colapsan y bloquean. Esos pendientes son también conocidos con el nombre de reproches, y hay que acabar con ellos antes de que nos hagan más daño.

Concretaré con algunos ejemplos, y daré mi también particular solución. Cada uno de vosotros tendrá su pendiente propio, diseñado a su medida, y es probable que igualmente conozca el modo de librarse de él. Veamos…

-La petición de matrimonio que jamás hubo, aun transcurridos 40 años de casados: piensa que si no existió ese detalle en su momento, fue porque la idea era tan clara y conjunta que no se necesitó. Habría sido bonito, no se niega, pero hacerlo varias décadas después lo vuelve surrealista, amén de que las rodillas ya no son lo que eran. Disfruta de tus aniversarios, festéjalos, y alégrate  de no estar, en realidad, des-pedida.

-El bebé ausente: imagina la potencial adolescencia de ese muñeco. Recuerda la tuya y la de tus amigos. Visualiza al “Vaquilla”. Memoriza a tus cansados padres durante esa época. Recuerda que tienes tiempo para todo, incluso para dormir. Sé consciente de que la maternidad no es un jardín de rosas (ni de claveles), y que la vida es mucho más. Habría estado bien, de acuerdo, pero la libertad, el descanso y la independencia también lo están.

-El amor no correspondido: ten presente que si no te quiso es que no era para ti ¿a qué arrastrar el ansia a través de los años? A cada cual nos corresponde un cada “cualo”, y no siempre lo encontramos porque el mundo es un pañuelo pero tela de grande. Si deseas pareja, ajusta tus expectativas, olvídate de Bécquer y “ponte ofrecido”. Si sigue sin haber correspondencia, escríbete a ti mismo y llena tu vida de todo lo demás.

-El viaje prometido: ¿quién te lo prometió? ¿la vieja que está en el rincón? Atrévete con ella que “vieja” no es sinónimo de “buena”, y plantea un ultimátum: “yo me voy ¿te apuntas?”. Según sea la respuesta será el viaje, pero definitivamente será. Algo me dice que no en soledad…

-El familiar enconado: (léase tal cual que mi teclado es español). Todo quisque tiene, al menos, uno: el cuñado, la cuñada, el suegro (tan olvidado), la suegra, el abuelo, la abuela, el hermano, la hermana, el primo, la prima, el tío, la tía… Si no te han querido antes, no te van a querer después, de modo que ¿para qué mal ocupar la mente con tamañas cuitas? Se les van dando dos duros de los antiguos (no importa si son falsos), y se pasa a otra cosa, mariposa, que ahora con la autoayuda está de moda.

Podría seguir, pero aburriría a mi escaso personal y no queremos eso. ¿Y tú, llevas pendientes? ¿Eres capaz de desprenderte de ellos? Conociendo a mis lectores, apostaría a que sí… 😉

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2 comentarios

  1. nati narváez

    Precioso, como todo lo q escribes q te llega al alma.

    1. Muchas gracias, compañera. ¡Qué bueno si todos (o casi) pensaran como tú! 😀

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