Ficción., Microrrelato, Reflexiones

Recobrar la ceguera.

Apenas recordaba el momento en que perdió la ceguera. Eloy soportaba, desde muy joven, una visión perfecta que le atormentaba e impedía disfrutar de una vida normal, y una vez cumplidos los 40, decidió pedir ayuda profesional para su peculiar discapacidad. Había escuchado que existían alternativas, aunque aún no había encontrado a nadie que pudiera corroborar sus esperanzas. Le llegaban historias -leyendas urbanas- de otros en su mismo estado, que volvían a ser ciegos no sin cierta dificultad, pues la invidencia, una vez perdida, requería de costosos tratamientos para su total recuperación. Pero él quería ser uno más, uno de tantos, y ver poco, casi nada. Como todos los demás.

El problema era que no sabía a qué especialista debía acudir para recobrar esa ceguera perdida, y así el pobre hombre inició un largo periplo de médicos, religiosos, sanadores, mentores y gurús varios, que no acertaron más que a confirmar su asombrosa perspicacia, su magnífica lucidez mental, y concluir, en consecuencia, la imposibilidad de cura. Tal vez si se hubiera decidido antes…

Eloy, nostálgico, repasaba cada cierto tiempo los antiguos álbumes de fotos, y visionaba los obsoletos vídeos caseros, en busca de aquella época ciega que tan feliz le hacía, para preguntarse, una y otra vez, qué demonios estaba pensando aquel día en que su maldita curiosidad le motivó a saber más. A cuestionarse más. A indagar tanto en todo. Buscando sabiduría, encontró insensatez, y ahora tocaba pagar el precio.

Desahuciado al fin por la ciencia, la fe, y la sociedad, Eloy, cuyo nombre significaba “el elegido”, terminó sus días solo, rodeado de montañas, vértigo y silencio. Algo que, a pesar de su resistencia, había visto venir con total claridad.

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1 comentario

  1. Manuel

    Un relato verdaderamente surrealista….. da que pensar, sí.

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