Crítica, Opinión, Personal, Reflexiones, Religión, Vida

Si crees, respeta. Por favor.

Naces y vives más de medio siglo en Sevilla (Ciudad Mariana). Te educas en un colegio religioso. Cumples con los Sacramentos que el paso de la vida católica conlleva: Bautismo, Confesión, Eucaristía, Confirmación, y Matrimonio. Más tarde, de nuevo Bautizo y Comunión, aunque haga ya unos cuatro sagrados actos que no crees y te limites a dejarte llevar…

Un buen día constatas que, en realidad, nunca creíste. Nunca te lograron convencer, ni las monjas y los sacerdotes en su día, ni los católicos de tu entorno, ni las Sagradas Escrituras, ni los sermones en Misa, ni nada en absoluto. Al contrario, desarrollaste tu propio criterio, y tu mente lógica y racional te decía que eso no tenía ningún sentido. Que las respuestas no eran esas que tanto te repetían. Que la verdad estaba fuera, como en Expediente X. Que hacías bien en cuestionarte los dogmas impuestos, porque de la duda nacen el descubrimiento, el progreso, el avance y el futuro. Pero Sevilla, con todo lo que implica, gusta de recordarte que mejor vives callada, respetando -sobre todas las cosas- a los creyentes, aun cuando sus vidas estén -según los Sacramentos- en puro pecado mortal. Y entonces te guardas tus opiniones, porque así estás más guapa, y coqueta siempre has sido…

Hasta que llega un día en el que la pregunta te la haces a ti misma, y te cuestionas si acaso no has llegado a una edad suficiente como para poder expresarte igual que lo hacen ellos. Con respeto hacia las personas, sí, aunque no tanto hacia sus ideas. Con admiración hacia algunas de sus tradiciones, transfiguradas en auténticas obras de arte. Con desprecio hacia su incoherencia y cerrazón. Con ternura hacia su fe, que bien sirve de bastón y consuelo. Con firmeza hacia quienes intentan “reconducirte al rebaño”, pues te niegas -por fin- a ser un “cordero” más. Con desgana cuando observas mucha teoría y poca práctica. Con valentía, al irte desprendiendo de tanta frase hecha de carácter religioso.

Y empiezas a no dar gracias a Dios, sino a quien en realidad lo merece. A no santiguarte cada vez que te enfrentas a un miedo. A no besar figuras o representaciones. A no lucir cruces en el cuello. A no arrodillarte para confesar tus miserias a un igual. A involucrarte en lo que es de justicia, en lugar de rezar. A pensar que lo que debes hacer lo harás, si Dios quiere y si no, también. A dejar de exclamar “Dios mío”, porque no lo es. A no seguir la corriente para evitar afrentas. A no dejarte intimidar. A ser auténtica. A ser tú.

Y a pedir, sin imperativos desnudos, respeto para quienes no creemos en dioses, pero sí en nosotros mismos; el ser humano y todo lo maravilloso que este es capaz de crear, producir y ofrecer, sin cortapisas religiosas, fanatismos fundamentalistas, y demás obcecaciones. Las creencias, cualesquiera, deberían ser tan personales como privadas, ofreciendo así el respeto que exigen.

Ya sabes: si crees, respeta… por favor. ¡Gracias!

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2 comentarios

  1. Manuel

    El problema de creer es que el que viven imbuido profundamente de la creencia no entiende que los demás carezcamos de esa llamemos cualidad. Y lo malo de creer profundamente en una causa es que se tiende a asumir que es algo tan bueno que los demás lo tenemos que compartir, queramos o no. En el caso de la religión ,porque claro si no creemos vamos al infierno y la bondadosa gente de fe nos quiere evitar tal desgracia de todas las formas posibles.. incluso quemándonos en la hoguera (por nuestro propio bien, por supuesto), con la mejor de las intenciones… en fin….

    1. Sí, Manuel: para ellos es un don, una cualidad… Yo antes era más “salvaje” al respecto. Ahora, con los años, soy más tolerante, y si Fulanito o Menganita quieren creer en algo abstracto y eso les ayuda con la vida, ¿quién soy yo para oponerme? Eso sí: espero lo mismo del creyente. El respeto debe ser bidireccional, o no funciona.

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