General, Microrrelato

Siempre.

Un día sin sol. Un lugar cerrado. Una reunión. A Mónica le superan la angustia y la necesidad de hablar, en privado, con su único hijo. Unas disculpas generales. Una solicitud de permiso. Escaleras. La cafetería. Al fin solos.

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-Gracias por acompañarme, cariño. ¿Qué te pido? ¿Café, té, zumo…?

-Cualquier cosa, mamá. Es igual. Por cierto: ¿estás bien?

-Ahora sí. Mejor. ¿Y tú, cómo te sientes? Necesito que me lo digas. Necesito que sepas que te quiero, y que siempre estaré para ti. ¿Me oyes?

– Claro, mamá… Por raro que te parezca me encuentro genial. Tú también puedes contar conmigo. ¡Ah! Y no te preocupes, aunque sé que lo seguirás haciendo…

-Sí, hijo, sí. Tu madre siempre tan pesada, tan obsesiva, tan controladora… pero debes comprender. Tenía que hablar contigo, dejar las cosas claras y salir de dudas. Ahora me quedo más tranquila. Pido la cuenta y volvemos. ¿Te parece?

-Perfecto.

Un día sin sol. Un lugar cerrado. Una reunión. Marcos, padre y marido, recibe a su mujer con un beso y la acompaña hasta el cristal que más corta. El que más separa. El que exhibe la muerte menos natural.

-Él siempre estará con nosotros, Mónica. Siempre.

-Sí. Ya lo sé…

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