General, Relato breve

Tanto gusto.

Aburrida, después de dar un par de vueltas a la casa de dos plantas, jardín y piscina que su violento y difunto marido le había proporcionado, Rebeca constató dos necesidades imperiosas a satisfacer: gula y lujuria… Descalza, portaba en su lento paseo sobre el césped una escueta blusa blanca semitransparente, y unos vaqueros cortos, rotos por muy bien estudiadas partes. La línea inferior de su descarado trasero se dejaba admirar al andar, y aun desear cuando la dueña de aquel paraíso privado se agachara a recoger alguna hoja perdida, o una margarita fuera de lugar.

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Ya sentada al borde de la piscina y jugueteando con el agua entre sus piernas, rebuscó entre los contactos de su teléfono, regalo de aniversario de su marido, y localizó a quien podría ser el perfecto invitado para cenar. Y es que a Rebeca nunca le había gustado comer sola, a pesar de que en algún momento lúcido fuera lo más deseado. Incorporando su bonita figura para dejarse caer en la tumbona y así poder hablar con mayor comodidad, marcó aquel número por primera vez. De nombre Sergio, el apellido poco importaba. Ella ya no se comprometería más; gula y lujuria, eso sería todo.

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-¿Qué tal? Verás… estaba pensando que no me apetece nada cenar sola, Sergio. ¿Te gustaría venir y acompañarme? Te doy mi dirección. Toma nota.

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Un par de horas lentas más tarde, Rebeca abrió la puerta de su lujoso hogar al joven que la había pretendido durante años, antes incluso de que su marido falleciera en extrañas circunstancias, y que no podía creer su propia y repentina suerte. Al entrar, Sergio se detuvo a contemplar un enorme cuadro que presidía el recibidor, e hizo un comentario tal vez indebido para su anfitriona:

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-¡Joder, qué bicho más feo! Pero la casa es preciosa ¿eh, Beca? Encantado de conocerte al fin.

-Humm… Tanto gusto. Ven -añadió tomándole de la mano-, acompáñame al jardín. He dispuesto allí una cena fría. Hoy hace mucho calor ¿no te parece?

-¡Todo el calor, princesa! ¡Yo ya no puedo tener más! Por cierto: gracias por la invitación. Llevo deseándola y deseándote desde que soy capaz de recordar.

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Cenada, divertida, alcoholizada y caliente, la joven pareja subió al dormitorio de Rebeca y permitió que el deseo acumulado tomara el protagonismo de la estancia. Susurros, jadeos, caricias, besos pespunteados junto a otros más lentos y húmedos, penetraciones y dulces orgasmos se dieron cita en aquella amplia cama con dosel, capricho de la mujer de la casa. Aún sudorosa, la anfitriona sintió de nuevo la necesidad primera y recurrente, y se disculpó coqueta con el hombre que la había hecho gritar de placer. Sabía que también podría satisfacerla una segunda vez…

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-Vuelvo en un momento, Sergio. Ni se te ocurra moverte de ahí. Voy a necesitarte de nuevo, cariño.

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Solo habían transcurrido diez minutos cuando la sorpresa apartó de un plumazo a la lujuria, reflejándose en las pupilas del confiado macho alfa, que apenas pudo descabalgar a quien ya erguía un cuchillo de grandes dimensiones sobre su cabeza. Y entre tanto íntimo disturbio, solo una frase como epitafio aclaratorio:

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-Escúchame, cariño: ese bicho tan feo del cuadro ¿recuerdas? era una mantis religiosa…

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