General, Microrrelato

Una persona obsesionada.

No era él. No era ella. Solo se trataba de una persona obsesionada.

Ni un maldito segundo de reloj conseguía alejar aquella imagen del pensamiento. Con lo sensata y cabal que había nacido y ahora, por culpa de posibles malas artes,  se veía abocada a su propia destrucción. Lo había intentado todo para despejarse: caminar, dormir, trabajar horas extra, las pastillas, el cine, la lectura, la cocina, las reuniones de amigos, el baile, el sexo, la meditación… Ya solo le quedaba probar la magia negra, pero de esa ayuda desconfiaba abiertamente, pues la creía culpable de su estado actual. Y es que la depresión cada vez le sonreía con mayor confianza…

Aguardaba con impaciencia el minuto de su estampa aparecida para recrearse con ella, angustiarse aún más y terminar con los ojos nublados y amargados. Así se las gastaba la Obsesión, esa mujer mala que ni descansar le permitía, pues cuando conseguía conciliar el sueño, acunada por el alcohol, seguía observando entre quimeras su imagen, condenada y venerada a un tiempo.

No tardó mucho en preferir guardar cama y silencio, antes de continuar alimentando una fijación enfermiza, y así su familia -preocupada- la derivó a la psiquiatría, las drogas y las curas que creían oportunas para su mal, ajena a la auténtica esencia del problema. La persona obsesionada (no era él, no era ella) abordó su tratamiento sin mediar palabra u objeción, dando por buenos los consejos de quienes sí le demostraban amor y entrega. Ellos sabrían qué hacer. Ellos la sanarían.

Unos meses después, con la sedación como aliada y el sueño como visitante nocturno, decidió que ya estaba lo suficientemente restablecida como para retomar su vida. Baja laboral, aislamiento, devoción y cuidados habían hecho su labor, y la persona enferma se sentía con fuerzas renovadas para seguir adelante. La primera idea que acudió a su mente fue dar un paseo en coche.

Arrancó el motor, conectó la radio,  y la Obsesión quiso saludarla en forma de canción dedicada, para luego reproducirse compulsiva y vertiginosamente en anuncios, jardines, vallas, rostros, tiendas, calles, olores y colores. Y entonces -solo entonces- supo lo que tenía que hacer.

Escribir.

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4 comentarios

  1. Manuel

    Supongo que el relato no es autobiográfico, pero si sumamos la foto tuya que trasluce un cierto desasosiego y el tono del propio relato ….

    En cualquier caso, en lo que a tí respecta. Escribir es lo mejor que podrías hacer, tengas o no ese problema de una obsesión persecutoria… Y si no es terapia (mejor) sí es un cauce estupendo de realización personal y de gozo para quienes te leamos.

    1. No, Manuel, no es autobiográfico. Mis relatos parten de un punto de realidad, pero luego yo desvarío como me parece. Aunque no tanto -en este caso- como para perseguir a nadie… ja,ja…

      Gracias por estar siempre ahí. 😉

  2. Diego Manuel

    Hola Marga… Pues tienes unos desvaríos muy bonitos y que nos dan la talla de la pedazo de escritora- mujer que estás hecha.. Mucho ánimo y ya sabes…que no pare la…tinta…
    Un abrazo hondo.

    1. ¡Gracias por leerme y por el comentario! ¿A que sigo escribiendo? 😀

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