Mis libros, RELATO "LA FLOR CONTADA"

1. NOSTALGIA (La Flor contada).

Le vi inmediatamente. No recordaba haber quedado con mi antiguo novio del instituto, pero allí estaba.

El lugar, un viejo café sombrío y estéticamente descuidado, de paredes enladrilladas, sillas altas de madera oscura y pequeños sofás descoloridos e incómodos, llenos de historias de amor, rupturas, reconciliaciones y promesas; plagados, en definitiva, de recuerdos.

Nacho me esperaba apoyado en una barra poco iluminada y llena de cercos de pasadas copas. Tan atractivo como siempre, tomaba un ron con coca-cola y se mordía las uñas exactamente igual que cuando le conocí, quince años atrás. Parecía estar muy nervioso. Expectante. Ansioso en extremo.

Yo no sabía qué demonios hacía allí, pero podía comprobar mi rigidez y el comienzo de un sudor frío que me aterraba. Ya me había visto. Me había desnudado con su verde y brillante mirada -tan inquietante-, al mismo tiempo que me dedicaba una sonrisa sumamente familiar. El reloj parecía detenerse. Despacio, casi a cámara lenta, comenzó a dirigirse hacia mí. Pensé que me desmayaría.

La química entre ambos siempre había resultado explosiva: y aún parecía ser así. Al saludarme con dos pausados besos, pude notar su fragante aroma y sus grandes y fuertes manos sobre mis brazos; rápidamente, sin apenas hablarlo, decidimos salir de aquel lúgubre café. Su apartamento se vislumbraba mucho más apetecible para nuestra cita y allí nos dirigimos, guiados por un mutuo impulso, en la máquina más potente que yo había montado nunca. Cuando pude estrecharme contra su espalda, sentí el primero de los escalofríos que recorrerían mi cuerpo aquella noche. Nacho volvió la cabeza -protegida ya con el casco- y pude adivinar, a través de sus ojos, una sonrisa de auténtica felicidad.

Durante todo el viaje hasta su casa estuve temblando como una hoja. Él lo notaba, me sentía frágil, y en cada semáforo rojo me estrechaba las manos que disfrutaban rodeando su cintura, ofreciéndome su masculina seguridad. Creo que volví a enamorarme -por segunda vez en mi vida- en aquel mismo instante.

Ya en su apartamento no podíamos apartar la mirada el uno del otro: su verde en mi azul, su deseo latiendo en mi pecho, su ansiedad abriendo mis labios… Los besos primerizos y algo tímidos dieron paso a otros mucho más salvajes y hambrientos.

Mi cuello se convirtió en su meta y su cuerpo en mi destino. Un fuerte e incontrolable impulso continuaba guiando nuestras curiosas manos: aquel hombre era un extraño para mí, pero me sentía totalmente rendida ante él.

Nacho comenzó a saborearme por todas partes: la cara, la boca, el cuello, el pecho… bajaba y subía por mi piel, ya suya, como la montaña rusa en la que se había convertido. El peligro al que te adhieres, a sabiendas de que estarás más segura en tierra y aun así… Yo, más decidida y con el presentimiento de su brevedad, me dirigí sin dudarlo a su sexo, y allí me quise perder por completo. Él mantenía insolente su firmeza, y mi conciencia y yo nos derretíamos a su contacto.

Con absoluta y deliciosa violencia, el extraño que tanta nostalgia me provocaba me poseyó, llevándome de nuevo al cielo a un mismo ritmo. Solo podía sentir. Sentirle a él y sentirme yo. Creerme de una vez importante y quererlo gritar al mundo.

Y lo hice.

Grité, abrí los ojos y desperté. A mi lado, extrañado y perplejo, se encontraba mi marido.

-¿Te encuentras bien? Estás sudando, como antes cuando…

-Sí, Nacho, estoy bien, pero tenemos que hablar. Tenemos mucho de qué hablar.

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