Mis libros, RELATO "LA FLOR CONTADA"

2. LA DUCHA (La Flor contada).

Propuso -pantalla a través- tomar un café juntos, y ella, tras mucho tiempo en la duda, le ofreció jugar en su campo. Seis meses de inexplicada abstinencia conyugal rompieron en un sí que nunca hubiera sospechado.

-Claudia –se decía a sí misma utilizando la tercera persona, como hacía cuando se sentía especialmente sarcástica- se abriría para su amigo y acariciaría, convertida en oleaje, la piedra prometida…

Condicional. Aquello era, sería, condicional.

Mientras aguardaba nerviosa la llegada de Julio, la señora de García tomó el camino de la ducha despacio, casi a cámara lenta. El blanco y largo pasillo de su casa dio cobijo, poco a poco, a la desnudez total de su cuerpo cuando traspasó la puerta del cuarto de baño. Claudia solía hacerlo: era tan sensual y seductora como pocas, facultad esta que no había descubierto hasta pasados los treinta, cuando el verde de sus ojos ya no parecía bastar.

-Lo siento, Juan, pero esto era inevitable: te empeñas en enfriar lo que solo se puede tomar caliente. Los años pasan, las oportunidades también; las noches se me eternizan contemplando tu sueño. Hoy me subo al tren que recorre distintos abismos, y si me caigo durante la marcha –lo más probable- al menos lo habré intentado. Y será asunto mío, pues tú nunca lo sabrás.

Durante su divagación convertida en susurro, un rastro de pequeños y delicados tejidos conducía a Claudia hacia su elemento: el agua. Agua que solía amanecer helada cada mañana (…porque duerme sola la señora…) y que ella se había propuesto caldear aquel día. Su agua. Tan fácil resultaba para su sexo derretirse.

Pensando bajo el potente chorro de líquido transparente, que la empapaba por dentro y por fuera, en cómo resultaría ser traspasada e inundada por su desconocido amigo, no pudo evitar dar continuidad a la fantasía. El agua la estimulaba tanto… Él llegaría en pocos minutos y Claudia –rubia y blanca- lo esperaría envuelta en una pequeña toalla azul que cubriría lo justo, y que permitiría mostrar la seductora humedad que la recorría desde el pelo hasta los pies, pasando por el tibio centro.

Se mimó como no había hecho en mucho tiempo. Untó aquella carísima leche corporal, que su marido le había regalado en un coqueto cestito de mimbre, a conciencia. Una especie de venganza convertida en blanca metáfora. Luego, ya suave y aterciopelada tan nívea piel, se maquilló los ojos con cuidado, y reforzó con máscara de pestañas tan perversa mirada. La que conseguiría acabar con Julio y con su palpitante necesidad.

¿Venganza, rencor, despecho…? Si existían, delataban sentimientos. Ella no estaba contando con eso, pero habría de hacerlo. Y no tardaría mucho.

Y así, bellísima y húmeda, dejó caer su prácticamente impoluto cuerpo en aquella enorme cama con dosel que, a su contacto, recobró urgente el calor perdido en el camino; imaginó -mientras se mordía lasciva el labio inferior- las manos del amante explorándola por todos sus rincones, incendiándola de norte a sur y de este a oeste, mojándola aun más si ello era posible, y abriéndola como el libro que tenía en el pensamiento, para dar cabida a lo prohibido. Lo sintió como si en realidad le sucediera, y su mano, guiada por la fantasía, hizo el resto. Como tantas otras veces ocurriera en sus sueños nocturnos, aquella marejada de sensaciones desembocó en un impresionante orgasmo que la hizo jadear durante interminables e inconscientes segundos.

Claudia iba a replegarse –vencida- sobre sí misma en la revuelta cama, cuando escuchó el timbre. Se anudó de nuevo el azul, se retocó el carmín de los labios y se dirigió a la puerta: su marido –sorprendido- sonrió al verla.

-¡Claudia! ¿Así abrimos ahora la puerta, cariño? –preguntó incrédulo.

-Acabo de ducharme y, generalmente, a esta hora suele ser la chica que trae el correo. Tampoco es la primera vez. Por cierto ¿qué haces tú aquí? Solo son las diez de la mañana, no esperarás que esté ya preparada la comida…

-Por eso mismo vengo; he podido escaparme hasta la tarde y pensé que ya hacía mucho que no nos dábamos un homenaje. Además, teniendo en cuenta lo poco tapado que se encuentra ese precioso cuerpo… ¿te animas? –dijo un marido acostumbrado a mentirse para no sufrir.

No hizo falta mucho más. Claudia sujetó coqueta la corbata de aquel encantador ciego y, como buena samaritana, lo guió hacia el dormitorio.

Durante el trayecto, Juan arrancó la toalla húmeda de su mujer y, tan violento como ansioso, la acorraló contra la pared del pasillo. Ella, sin escapatoria posible, se dejó hacer… al menos, hasta que le llegara su turno.

-¡Qué ganas de tenerte así! Ni te lo imaginas -le susurró al oído Juan, entre desesperado y furioso.

-Sí, Sí… -apenas musitaba una sumisa Claudia, borracha de emoción y excitación. Aquello no podía estar pasando: su apático marido se transformaba en el animal salvaje que ella siempre había apetecido. Igual no era real.

-¿Qué piensas hacer? –continuó preguntando con la voz quebrada por la ansiedad.

-Pienso castigarte, cariño: te lo has ganado -replicó Juan azotándola con tanta suavidad como firmeza.

-¿Tan mala he sido? –siguió cuestionando una Claudia totalmente entregada.

-Ya lo creo, te mereces esto y más. Hoy será el día en que me complazcas sin quejas y sin lamentos. Hoy serás absolutamente mía. Me lo vas a demostrar y te lo voy a demostrar.

Acto seguido, Juan levantó a su consentida mujer sujetándola por las piernas y se la ajustó al cuerpo como si de una armadura se tratara. Una coraza con la que proteger su maltrecho corazón y con la que aliviar su virilidad.

-No te conozco, cielo -volvió a susurrarle ella al oído.

-Yo a ti sí, y por eso estoy aquí. En ti. Dentro y para siempre. No volverá a pasarnos. No volverá a pasarme. Viviré deseándote y luchando porque tú me desees a mí. Te lo juro, mi amor.

Revueltos sin remedio en la amplia cama vestida de blanco que antes acogiera el agua fundida de la señora, volvieron a escenificar aquellos tiempos de vino y rosas que tan agotados dejaron a los amantes, como para necesitar una tregua que ya se antojaba larga en exceso.

Los te quiero, los te deseo, los te amo, los te necesito ondeaban al viento entre jadeos, pulsiones y quejas de placer… El hombre ya no era más que animal y la mujer comenzaba a serlo para su antojo y orgullo. Juan, exhausto y sudoroso, propuso a su esposa una ducha conjunta como broche final.

Y fue entonces cuando sonó de nuevo el timbre. Alguien pretendía entrar en aquel paraíso reencontrado. ¡Cuánta osadía!

-Vete duchando tú, cielo. Iré a ver quién es -dijo temerosa una Claudia que no sabía qué excusa pondría al inoportuno amigo.

-¿Es necesario? Espera que llame una segunda vez. Igual es publicidad, o venta, o qué se yo… anda, entra conmigo en la ducha -insistió Juan, al tiempo que abría el grifo.

-Será un segundo. Vuelvo enseguida.

Claudia tardó muy poco. Su voz bajó repentinamente varios tonos y se hizo audible únicamente para quien esperaba en el portal de su casa. Con un “vete y no vuelvas, por favor”, liquidó el asunto. Nunca más se supo, ni se quiso saber. Relajada, volvió a su marido que ya la esperaba impaciente. Enamorado. De ella y para ella.

Mientras se unían de nuevo bajo el elemento que todo parecía reparar, Juan sonreía y pensaba para sí mismo que, por fortuna, había llegado a tiempo.

-Ser un genio de la informática es lo que tiene, amigo. Hoy tú también te darás una ducha cuando llegues a tu casa… ¡¡¡Fría!!!

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2 comentarios

  1. ¡Precioso! Como todo lo que escribes, Marga.

    Me ha encantado. ¡Y qué final tan sorprendente y bonito, tan bien trabajado durante todo el relato para llegar al giro final!

    ¡Eres una maestra! 😉

    Besines,

    Hamaya.

    1. ¡Gracias! Como ya te he dicho en Facebook, tu opinión es muy importante para mí. Aunque exageres… jajaja… Besos.

      P.S.: Si alguien quiere leer Erótica en serio, que acuda a Ediciones Hamaya Ventura. ¡Y verá qué bueno! 😉

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