Mis libros, RELATO "LA FLOR CONTADA"

5. LA ESCAPADA (La Flor contada).

Recién habíamos sufrido nuestra última gran crisis, cuando Marco me propuso una escapada a París.

-Dejaremos a los chicos con mi madre; ya lo he hablado con ella y no hay ningún problema. Necesitamos tiempo para nosotros solos. De nuevo, los dos solos.

Ilusionada, le contesté que me parecía una idea fabulosa, y que le agradecía profundamente que se hubiera ocupado de todo. Me ofrecía un regalo maravilloso. Parecía que me hubiera leído el pensamiento durante los últimos cinco días, salvo la parte en la que aquella chica no sobrevivía a un incendio fortuito.

-Es una idea fantástica. ¿Cuándo nos vamos?

-Este mismo viernes. Prepara una maleta pequeña. Solo serán tres días, y te conozco…

-De acuerdo. Llevaré poca ropa.

-Veo que has captado la idea a la primera, preciosa.

Su renovada amabilidad no me sorprendía, porque tras las discusiones, siguiente a la guerra fría que solíamos padecer cíclicamente, Marco se transformaba -también de forma periódica- en el caballero andante de mis sueños. Realizaba un viaje en el tiempo, y se convertía en el novio encantador de mis veinte años. Por una temporada, al menos. Me sentía amada, pretendida, halagada, deseada… otra vez.

Después de acomodar a los chicos en la casa de mi suegra, tomamos un vuelo nocturno a la capital francesa, donde íbamos a disfrutar de un idílico fin de semana para enamorados. Bueno, aquello no era una mentira en su totalidad: ambos lo estábamos.

Frente a un café crème, Marco me preguntó al oído:

-¿Eres feliz, Sandra? Yo solo pretendo que seamos felices, es solo eso.

-Pues ahora sí, Marco. Si me dices que todo está resuelto y terminado, yo te creo.

Después de un excuse moi bien pronunciado, mi marido se dirigió al camarero y le preguntó: ¿Où sont les toilettes? Ya sola en la terraza de “Los dos monigotes”, aún no era consciente de que le había perdido para siempre.

Escribo este relato por pura necesidad. No recuerdo -por más que lo intento- otros detalles de aquel maldito día. Mi suegra, pobre mujer, también está a mi lado. Parece ser que se turna con mi madre en el cuidado mío y de mis hijos.

-Esta cama es tan incómoda… ¿Cuándo podré volver a casa? ¡Vosotros debéis saber algo!

-Pronto, nuera, pronto. En cuanto llegue tu silla. Mientras tanto, aquí estás mejor atendida.

-¿Y Marco? ¿Cuándo vendrá a verme?

Silencio. Silencio que suena a muerte.

Me dicen lo justo. Por lo que he podido deducir, entre cuchicheos velados y conversaciones a escondidas, debí resbalar al salir de aquel café parisino y recibí un golpe tremendo en la cabeza. Resultado: inmovilidad absoluta de cintura para abajo.

Solo sé de mi marido que ha reanudado su antigua relación con aquella chica que no murió en ningún incendio… y que, por ella, apenas ve a los niños. A veces no estoy tan dormida como creen.

Es lógico: mi situación debe haber superado su de por sí débil carácter, y nuestros hijos suponen un estorbo en su relación.  Ella en cambio es tan joven, tan independiente, tan perfecta, tan meretriz…

Ya han pasado tres meses de nuestra romántica escapada (hasta ahora nunca había observado la expresión “romántica escapada” como el sarcasmo que es para mí). Un tiempo que me ha servido para navegar hasta la náusea con mi portátil y, a la postre, para contactar con un profesional bastante falto de escrúpulos. Tan necesitado de dinero, como yo de justicia.

Él conseguirá que me sienta mejor. Él me ayudará a entender que mi marido ha muerto para mí.

Para mí y para todos.

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