Mis libros, RELATO "LA FLOR CONTADA"

6. MIEDO (La Flor contada).

(Ser madre es aprender a vivir con miedo).

Juan y Ana siempre habían formado una pareja razonablemente feliz que vivía en la zona norte de Sevilla. Llevaban quince años casados y tenían dos hijos: Juan y Alejandro, de doce y diez años de edad. Los cuatro componían una familia afortunada. Tenían la salud, el dinero y el amor que solía pedirse a la vida. Lo tenían todo, y rezaban para que su dicha durase el máximo tiempo posible; toda su existencia, si ello podía ser.

Tan solo disentían en un asunto no poco importante: Juan era ateo convencido, y Ana, por el contrario, católica practicante. Ella era religiosa por vocación, tradición y costumbre, ya que su educación en un colegio de monjas, durante catorce años de su vida, la había marcado a fuego para siempre. Su marido, cada vez que tenía ocasión, la pinchaba con tan espinoso tema.

-¡Ay, Ana! ¿Cómo puedes defender que exista un Dios omnisciente que todo lo sabe y todo lo puede? ¿Crees que el mundo sería tan sumamente catastrófico, y la vida de las personas tan miserable, de haber un director de orquesta sobre nosotros? Espero que algún día tu inteligencia logre anteponerse a tus antiguas creencias.

-Después de tantos años pretendiendo convencerme de la inexistencia de Dios, estoy por darte la razón, Juan. En realidad es complicado creer que si Él nos ama y protege, nos permita sufrir, sin necesidad, el daño que vemos y escuchamos a diario.

Con el paso de los años y la convivencia, Ana iba anteponiendo -con cierto desencanto- la lógica razón de su marido a la utópica existencia de un Creador Todopoderoso. De cualquier forma, salvando este eterno debate conyugal, su relación era magnífica y todos los días ella daba gracias a Dios, por la suerte que había tenido al encontrar a Juan en su camino.

Un buen día que resultó fatal, su marido propuso ir todos al campo a jugar al fútbol, deporte al que los tres hombres de la casa eran bastante aficionados. Ana -encantada con la idea- preparó el almuerzo y pensó que podía tomar el sol y leer, mientras su familia jugaba a la pelota. Y a ello fueron los cuatro, ignorando que nunca debieron hacerlo.

Una vez en el parque, el partido de a tres dio comienzo, ante la complacencia de la madre de familia.

-¿Puedo ser el portero? –gritó Juan, el hijo de más edad pero de menos fortaleza de carácter.

-Vale. Papá y yo te meteremos los goles –replicó el pequeño Alejandro, todo un ganador nato.

En dicho campo había un lugar destinado a jugar  partidos de fútbol. Disponía de porterías, de un césped bien cuidado, e incluso de gradas. Los niños se sentían felices de corretear y brincar con su padre. Ana, sentada sobre una manta y con un libro entre las manos, les observaba y animaba al pequeño portero a parar los disparos.

-¡Ánimo cariño! ¡Páralos todos; tú puedes!

-¡Sí, mamá, ya verás!

Alejandro y su padre se turnaban en la tirada de balones desde el punto de penalti, y el chaval los iba atajando uno tras otro. Por desgracia, su mente se distrajo unos segundos en los que buscó la mirada orgullosa de su madre, necesitando como de costumbre su aprobación, y el salto que forzó para atrapar el siguiente balón resultó excesivo, provocando que se golpease la cabeza con el palo derecho de la portería.

-¡Juan, Juan, por Dios! ¡¡Mi niño!! ¡¡Mi niño!!

Ana gritaba histérica, al tiempo que corría a socorrer a su pequeño Juan, desfallecido en el terreno de juego. Su padre intentaba reanimarlo de todos los modos conocidos, sin obtener resultado. El chico yacía inerte en el suelo, con una herida en la cabeza de considerable importancia.

Durante meses, el primogénito de Juan y Ana estuvo hospitalizado, en estado de coma, en el Hospital Universitario de San Jorge, el más cercano a su casa. Su madre lo visitaba a diario, y cada vez que regresaba a su ahora triste hogar, ya de noche, volvía más desesperada aún de lo que se encontraba al marchar.

-Juan, ¿de qué sirve todo esto? ¿De qué sirve la vida, si nuestro hijo se está muriendo y ya no lo disfrutaremos más, no lo abrazaremos más? ¿Para qué tanto esfuerzo en educarlo, en amarlo, en ayudarle a crecer, si nunca volveremos a estar juntos? ¿Y si lo perdemos? Juan, tú que me has abierto tan dolorosamente los ojos… ¿Qué puedo hacer yo ahora que no me quedan esperanzas? ¡Tengo tanto miedo! ¡Tanto miedo!

Finalmente, Ana había dejado de creer en Dios, y solo pensaba ya en su marido, en su familia. Y en lo finito de la existencia de su querido hijo mayor.

El tiempo sin Juan siguió transcurriendo de un modo agrio y doloroso, y una mañana -una fría y amarga mañana de febrero-, Ana ya no despertó.

Su prolongado sufrimiento por el infortunio de su hijo había hecho honda mella en su corazón, y este -airado y sin esperanza- había decidido no latir más. No sentir más el miedo. Su marido, su amado marido, había conseguido anular toda perspectiva de volver a ser feliz, si no ya en esta vida, en otra futura y eterna.

Ese hombre al que me refiero soy yo, y hoy -con dos hijos perfectos y sanos físicamente, pero afligidos y rotos en su interior- solo ruego… ¡suplico! a la vida una cosa: si Dios existe, espero que algún día me perdone, porque yo nunca podré.

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