Mis libros, RELATO "LA FLOR CONTADA"

9. QUINCE MINUTOS (La Flor contada).

¡Qué curioso! Nunca pensé que vería de tal forma a mi marido; a mi hijo, sí. Era consciente de que mi marcha le supondría el pesar que ahora contemplo. Pero ¿Pablo? No puedo entenderlo. Y también creo ver a su afligida amiga: esa compañera de trabajo con la cual pasaba tantas horas hablando por teléfono y vía messenger. ¡Vaya! Ahora le trae una taza de café; qué amable.

Tiene su encanto poder espiar a través de un cristal: ver sin ser vista. Siempre quise hacerlo. Ya sería perfecto escuchar sus conversaciones al mismo tiempo, pero eso -me temo- habría sido pedir demasiado.

Es extraño. Él no me dedicaba ni un minuto de su tiempo. Y mi hijo, adolescente, vivía por y para su ordenador portátil y los amigos. Yo no parecía entrar en sus planes. Estaba tan jodidamente sola… y sin embargo, cualquiera que observara lo que ahora estoy viendo, diría que me echan de menos. Y mucho.

¿Cómo se llamaba la joven? ¡Ah, sí! Mónica. Si es que no podía competir con ella. Debo admitirlo: incluso su nombre era más bonito que el mío. ¿Dónde iba yo, llamándome Fali?

¡Fali! Nunca te lo perdonaré, mamá. Por mucho que te gustara aquel ambiguo cantante de tu época juvenil. Un nombre condiciona demasiado, y mi autoestima siempre fue tan baja… En cambio, si yo hubiera sido Mónica, o Susana, o Alejandra, o Esther… otro futuro me hubiera aguardado. Estoy convencida.

¡Pero si no dejan de llorar! ¡Me resulta tan increíble! Nunca me habría marchado, de saberlo. Qué ironía esta. Ahora parece que a quien ignora es a la chica. Ni una mirada. Tan guapa y tan ajena a nuestra historia. A nuestra vida.

-Vamos, Fali. Tu tiempo concluyó. Pediste quince minutos y ya han terminado.

-Es cierto. Estarán bien ¿verdad?

-Sí. No te preocupes. Tardarán un poco, pero sabrán rehacer sus vidas sin ti.

-No debí hacerlo.

-No. Pero ya es tarde. Nos esperan.

Maldito espíritu abstracto que me impide seguir con vosotros, aun a través del cristal. En la distancia. Condenado espectro rencoroso que me recuerda que estoy muerta y que debo partir para siempre. Maldito el día que pensé que no me querías, Pablo, y que nadie me necesitaba en este mundo.

Maldita sea.

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