Ficción, Humor, Mis libros

Capítulo 10.- «Y de repente, el sexo».

     

          «2015 y su primer mes llegaron al Este sevillano, como a toda la ciudad, cargados del frío que debían disponer para algunos lugares más acostumbrados, pues no se explicaban de otro modo los menos dos grados centígrados que sufríamos acobardadas en el interior de nuestro apartamento. Con una máxima de cinco en las horas centrales del día, salíamos lo justo para dirigirnos a nuestros lugares de trabajo y poco más. Yo me hice con un gorro que dejaba únicamente mis ojos a la intemperie, a juego con unos guantes de lana con los que más bien parecía un teleñeco, pero mientras anduviera yo caliente… Justo.

            -¿Vas a salir así, Luana? ¿Puedes respirar?

            -Tranquila, Adela. A duras penas, pero prefiero morir asfixiada que hecha un carámbano. Cuando el coche esté climatizado me quitaré el pasamontañas, descuida.

            -Das un poco de miedo, chiquilla. Si no fuera porque te tropiezas a cada poco, y porque tus ojos sonríen a menudo, podrías pasar por un secuestrador de medio pelo. De esos que se olvidan el botín en la puerta del Banco, vaya…

            -Sí, tú ríete, pelona, pero aquí la patosa va bien pertrechada para el frío polar del Este. Seguro que en el centro no hace tanta rasca. ¿A quién se le ocurrió venir a vivir aquí? ¿A ver?

            -Pues a ti, amiga. Y fue una buena idea, debo reconocer. Si no, no tendría a mi pareja tan cerquita…

            -Pues es verdad. Fue a mí. El frío está consiguiendo que pierda hasta la memoria. El declive se ve venir, Adelita -dije riendo con ella a través de la mucha lana de mi atuendo-. En fin, te dejo. ¿Hoy libras, no es así? Pues nada, disfruta de tu día de fiesta. Nos vemos a la noche.

            -Que tengas un buen día, chica. Y da recuerdos a tu César cuando habléis. Si yo no estuviera comprometida, me temo que te verías en un grave aprieto…

            -Se los daré, petarda. ¡Adiós!

            Qué poco imaginaba mi buena amiga y compañera de piso, el escaso futuro amoroso que yo presumía junto a César. Ni siquiera le había hablado de don Félix y sus versos, y eso era una clara señal de mi poca disponibilidad hacia el doctor; sin embargo mi madre se encontraba enferma y él era un especialista cualificado en la materia que siempre estaría a nuestro lado para cualquier duda o problema. No era el momento de cortar ninguna relación. Y yo me veía en la tesitura de cotinuar saliendo con el señor de Miguel, y lo que ello podía comportar… Mi sexto sentido me decía que la avanzadilla no se haría esperar mucho más tiempo.

            Cinco minutos después de comenzar mi jornada de trabajo, recibí su primera llamada. César me telefoneaba una media de ocho veces al día, y nos veíamos con mayor frecuencia de la deseada por mí; tanto era así que me sentía cada vez más controlada y vigilada. Parecía una paranoica pensando que quizá podía estar viendo cuanto hacía, en cualquier sitio, modo y momento. Y eso me irritaba hasta hacerme perder mi buen humor habitual. Para colmo, era un hombre encantador y servicial al extremo, y me sentía una bruja monstruosa por querer evitar su contacto. Cogí mi móvil, puse mi cara de hastío, y atendí su llamada. Una vez más.

            -Buenos días, César.

            -Buenos días, Luana querida. ¿Cómo lo tienes para vernos? ¿Comemos juntos? Puedo acercarme al hotel sobre las dos o dos y media. No hay problema. ¿Sabes qué día es hoy?

            -Hoy es martes, César. Un martes muy frío y muy gris, por cierto. Me parece bien que vengas si ello no te causa ninguna molestia, por supuesto, pero no te preocupes por mí: suelo comer con los compañeros. Siempre hay alguno que se queda en la cafetería.

            -¡Hoy es 13 de enero, Luana! ¡Felicidades!

            Aquello sí que me desbarató por completo. Resultaba que era un martes 13 y -además- yo debía alegrarme. No es que fuera muy supersticiosa, pero como para celebraciones pues tampoco. Entonces, para quedar aún peor, pregunté.

            -¿Y qué tiene de especial este día, César? A propósito: recuerdos de mi amiga Adela.

            -Hoy hace un mes que nos conocimos, preciosa. Por eso quiero que comamos juntos. Tengo algo para ti…

            (¡Ay, Señor: no me lleves pronto. Llévame ahora!).

            -¡Oh! Pues no había caído en la cuestión hasta que tú lo has mencionado, pero sí: efectivamente hace un mes de nuestro tormentoso encuentro. ¡Y aquí estamos! -respondí sin saber qué decir. César de Miguel no se amilanaba con facilidad.

            -No te preocupes, lo entiendo. Estás agobiada con la enfermedad de tu madre y no es el mejor momento para mis bobadas románticas. Ya habrá tiempo de que te ocupes más de mí cuando ella se restablezca y estemos tranquilos. Todo irá bien, pecosa.

            (Señor: ¿a qué estás esperando?).

            -Te agradezco la comprensión, César. Ahora te dejo que me espera Patricia con el informe del día. Nos vemos, entonces, a la hora de comer. Un beso.

            Mi instinto (y las estadísticas) me decía que permanecer un mes sin relaciones íntimas, era  tiempo más que suficiente para cualquier hombre joven y sano. Y si este se encontraba emparejado la cosa se volvía urgente, de modo que debía estar preparada para cualquier propuesta-sorpresa con que quisiera festejar el día de nuestro conocimiento. Hasta ahora habíamos guardado bien las distancias, salvando algunos besos furtivos producidos por el alcohol de los pasados brindis navideños, pero yo no sentía la necesidad que debería. Y eso me ponía triste… ¿Cuánto podría permitirme fingir una relación sin futuro? Lo que hiciera falta.

            Un almuerzo con postre dulce incluido, manitas, susurros y demás gestos de arrobamiento masculinos después, mi actual pareja se me insinuó. Entre bromas y veras, pero se me insinuó, dejándome toda una tarde laborable para decidir cuál sería mi próximo paso: ceder y dejarme llevar sin más, o mantenerme íntegra en mi decisión y no acostarme con un hombre con el que no me veía celebrando una Navidad más. ¿Me estaba volviendo un bonito pendón, o era tan sencillo como admitir que me podía apetecer un revolcón sin compromiso? Porque lo cierto es que el buen doctor no estaba nada mal, y caballero no lo podía ser de una manera más perfecta. Habíamos acordado nueva cita para la noche del jueves en su piso de la calle Asunción, y aquello sonaba a invitación sexual sin lugar a dudas. Me avisó de que prepararía un tentempié y abriría una botella de espumoso para celebrar nuestro primer mes juntos, y que luego podíamos escuchar música, o incluso bailar si nos apetecía. Yo sabía que a él le apetecía todo, y aún más lo que podía seguir a ese baile tan privado, así que la decisión debía ser tomada cuanto antes. O pendonear, o cortar.

            Y así, como quien no quiere la cosa, llegó ese singular jueves y yo me vi llamando al timbre del portal 10, de una señalada calle del barrio de Los Remedios.

            -¿César? Soy Luana.

            -Bienvenida, amor. ¡Sube!

            Conforme iba subiendo las escaleras hasta la segunda planta, el temblor de ambas piernas se hacía más y más evidente. Un rato antes me había cambiado el uniforme por unos pitillos vaqueros desgastados, y una blusa de seda azul celeste. Podía sentir el frío de enero a través de mi abrigo de paño negro, mas para presumir decían que había que sufrir. Y a lo mejor, resfriarse hasta morir. Pero eso sería más adelante; ahora me encontraba justo enfrente de la puerta abierta de un médico que pretendía curarme lo que no tenía…

            -Hola. ¿Llego pronto?

            -Hola. Para nada: siempre llegas tarde…

            -¡Pero si son las…! Vale, gracias. A veces olvido lo galante que eres. ¡Qué calentita está tu casa! No sabes cuánto me alegro. Hace un frío de mil pares de porras.

            -Me encantan tus expresiones, Luana -dijo riendo y cerrando la puerta tras de mí-. No cambies nunca, querida.

            (¿Eh? ¿Cómo que no cambie nunca? ¡Que esta vez la que no quiere continuar soy yo!).

            -Bueno, a veces me paso un poco. Soy algo torpona tanto en mis movimientos como en mi lenguaje. ¡Qué se le va a hacer! Tienes un piso precioso. ¿Vives solo?

            -Gracias. Sí, desde hace ya cinco años que dejé el nido familiar. Para un hombre soltero no está mal, pero si algún día decido casarme, preferiré una casa bien grande y con un buen jardín. ¿A ti te gustaría algo así?

            Dándome cuenta de que mis piernas parecían cobrar vida propia al margen del resto de mi cuerpo, me senté en la primera butaca que encontré y me las sujeté con ambas manos. Necesitaba alcohol, mucho, y cuanto antes mejor. Por supuesto, no di respuesta a la capciosa pregunta.

            -¿Qué te apetece tomar? -ofreció para suavizar la tensión-. Tengo un poco de todo, aunque el cava que está en el congelador promete, Luana. ¿Te sirvo una copa?

            -¡Por supuesto! Venga ese cava helado que es lo más apropiado… en una noche gélida… como esta… -De repente, pensé que cuando diera el primer sorbo a mi copa, no solo me iban a temblar las piernas, sino también los hombros, las manos, la boca y los dientes. Aquello parecía más sísmico que sexual. Y aún no había empezado la marcha.

            -¿Tienes frío? Si quieres te traigo una manta. Ya sabes, de esas ligeras que ahora llaman «plaid». He dispuesto algo de picar en el carrito de la cocina. Espera un segundo y ya nos ponemos cómodos. Aún no me has dicho qué tipo de música te gusta.

            César corrió a su pequeña cocina por el cava sísmico y el picoteo erótico-festivo y, mientras tanto, yo me abrigué con la frazada que reposaba decorativa en su sofá de dos plazas. Era roja y me hacía parecer Caperucita a punto de ser devorada por el lobo, pero -una vez más- yo iba caliente (ejem), y eso era lo importante. Cuando volvió se echó a reír sin disimulo alguno.

            -¡Pero Luana! ¡Sí que tenías frío! Ni siquiera me has esperado con la manta… Tengo una mucho más apropiada para ti. Es del color de tus ojos. Bueno, aquí dejo todo esto. Aguarda un momento que vaya al dormitorio.

            -No te preocupes, César. Estoy bien así. He debido coger frío por el camino, como estamos tan cerca del río… pero ya se me pasa, descuida. En cuanto pique algo, me sentiré en la gloria. ¿Y tú, cómo te encuentras? Nunca te pregunto, discúlpame.

            -¿Yo? Siempre en esa gloria tuya, desde que te conocí. Aquí tienes -dijo ofreciéndome una copa alta de cava llena de burbujas y deseo-. Creo que se impone un brindis, así que allá voy: por ti, Luana, por nosotros y por los días 13 de cada mes. Que sigamos brindando sin fecha de caducidad. ¡Chin-chín!

            Yo repetí el gesto, choqué mi copa con la suya y mis temblores hicieron el resto. Volqué buena parte de mi bebida sobre el pantalón de pana marrón de César, y aún quedó algo para mi frazada, que ni siquiera era mía. Bebí la única gota que había en la copa y me atraganté.

            -¡Cuánto lo siento! -susurré entre toses y temblores-. Deja que te seque un poco con la servilleta. Tienes que perdonarme, César, pero es el frío que no me deja quietos los miembros. Seguro que en un rato ya estoy más tranquila. Quizá deberías ir a cambiarte… ¡Ay!

            -Pues quizá sí, pero olvida el asunto. ¡Si supieras cuántos pantalones iguales a este hay en mi armario! Varío muy poco de color, y así no lo tengo que pensar mucho por las mañanas. Ahora mismo vuelvo, Luana. Por favor, sírvete un poco más. Estás en tu casa.

            Estaba en mi casa que no lo era, disfrazada de caperucita loca, con una copa vacía en la mano, secándome el pecoso escote con una servilleta, y tosiendo y temblando como un perrito chico. Fue entonces, en ausencia de César, cuando me volví a sentir una adolescente de treinta años y decidí comportarme como la mujer independiente y profesional que debía ser. Me incorporé del sofá, dejé atrás la manta roja, y avancé mis pasos hacía el carrito de las viandas festivaleras afianzando mi nueva personalidad. Gran error.

            No todo el líquido burbujeante estaba en el pantalón de César y en mi bajo cuello: por lo visto aún quedó algo para el suelo de mármol que terminé pisando, tan arrogante como absurda, y que provocó mi caída sobre el carrito de las gambas con mahonesa, los pistachos, los canapés de crema de queso y las anchoas del Cantábrico. No había tiempo para arreglar el desaguisado. César, con unos pantalones idénticos a los anteriores, me observaba boquiabierto apostando su metro ochenta a la entrada del saloncito…

            -¡Luana! ¡Ay, Dios! ¿Qué ha pasado? Deja que te ayude, mujer.

            -Tal vez sea mejor que me vaya, César. No solo es nuestro día del conocimiento: además es martes 13, y la noche aún es joven… No llevo en tu casa ni una hora y mírame. ¡Soy un desastre!

            -No te preocupes, querida. Espera: -dijo introduciendo sus dedos en la maraña de mi pelo- aquí tienes una gamba… ¡Estas son anécdotas para contar a los nietos, Luana! Escucha, vamos al baño y te aseas un poco. Yo te puedo dejar una camisa para que no estés mojada toda la noche. Aunque… Bueno, nada.

            Y dicho y hecho: tras limpiar mi rubísimo pelo de anchoas de color rosa, me vestí (me cubría casi entera) con una camisa blanca del doctor de Miguel, y salí al salón como si ya hubiera hecho lo que parecía más que predestinado. Con todo lo que había liado ¿cómo negarme a un revolconcillo? Ya no sentía aquel frío del principio y sí mucho agradecimiento al caballero que no perdía la sonrisa ante mi caótica presencia. César me esperaba en el sofá, junto a una chimenea postiza que calentaba como si fuera auténtica, armado con sendas copas de champán en las manos, y la mirada más infantil e ilusionada que yo había visto en mucho tiempo. Siempre se ha dicho que el corazón es un niño y que espera lo que desea. Yo no podía sentirme más deseada.

            -César, eres un encanto y no entiendo cómo no estás ya casado o comprometido. Tendrás que explicármelo, amigo mío.

            -Te explico lo que quieras, pero acércate más. Te voy a cambiar esos temblores por otros mucho más sugerentes. Ven aquí, Luana Duarte León…

            Enseguida comenzamos el inevitable -y ya incluso ansiado por mí- acto sexual con un brindis tras otro que retiraron pudores, calentaron temperaturas y favorecieron posturas muy cercanas al encuentro. Mi médico particular me contaba, entre beso y beso en el cuello, por qué aún vivía solo en aquel piso tan bien decorado, y por qué se sentía en la gloria cada vez que me escuchaba o veía. César demostraba, a cada segundo transcurrido, que las apariencias engañaban casi siempre, y que su caballerosidad no le restaba ni un ápice de atrevimiento en cuestiones amatorias… En esa línea fue quitándome, sin apenas darme cuenta, la enorme camisa blanca que me amparaba para tenderme bajo su propio cuerpo en el sofá, y continuar su exploración hasta las zonas más recónditas de mi persona.

            Por un instante recordé el soneto, pues la efervescencia del alcohol me lo traía a la mente sin que pudiera hacer nada al respecto, pero aún mantenía la cordura suficiente para saber que aquello era lo que era, y que debía reservarme esa carta para un futuro que preveía lejano. El instante se esfumó con el primer intento de César por tocarme los bajos fondos, que provocó que toda yo me esfumara, solidaria, del sofá. La noche era joven y borracha.

            -¡Luana! ¿Estás bien?

            -¡No hay problema! -dije sonriendo desde el suelo.

            -¡Pues ven aquí, mujer! ¿No me estaré pasando, verdad?

            -¡Qué te vas a estar pasando, hombre de Dios! Soy yo, que no doy pie con bolas…

            El subconsciente me había traicionado, y es que por lo visto César, mientras yo mantenía los ojos cerrados que procuraron la caída, se había quitado los pantalones al tiempo que me besaba en el sofá. Abajo, sobre la alfombra que me resguardaba del helado mármol blanco, solo me quedaba mirada para ellas, así como para su acompañante, tan rígido como toda yo. Tragué saliva y me pregunté si aquello no merecía un esfuerzo de concentración por mi parte. Él se reía y me ayudaba a volver al punto de partida. Y aquello, tan contento…

            -Si no te has hecho daño, podíamos seguir… ¿Te parece bien, cariño?

            -Me lo está pareciendo, sí. Pero tal vez sea mejor que vayamos a un sitio más cómodo, más ¿seguro?…

            Llevada en volandas, accedí al interior del apartamento del hijo de Loli, que mantenía únicamente su camisa azul marino por todo atuendo, pues hasta los calcetines habían quedado olvidados en el suelo del coqueto salón. El dormitorio era amplio y estaba presidido por una cama gigantesca, escoltada por dos mesillas de noche negras como casi toda la estancia. Solo el gris claro de los cojines, sábanas y cortinas, rompía la monocromía del lugar. Con el optimismo de un triunfador ya tenía encendidas las lámparas auxiliares, y prendida alguna que otra vela perfumada… Entonces me dejó con suavidad sobre la cama, pulsó un botón y con ello comenzó a sonar una bossa-nova perfecta. Parecía, al fin, que todo se iba encarrilando, pero ya se sabe que lo que parece -y más en martes trece- ¡solo lo parece!

            -¿Estás cómoda, querida? -me preguntó quitándose la camisa con la mayor rápidez posible- Espérame un segundo que traiga las copas, y retomamos el asunto donde lo dejamos… ¡Ni te muevas!

            Y tanta prisa se dio el pobre mío, y tan descalzo y ufano iba en medio de la penumbra, que no acertó a ver el carrito de los aperitivos del demonio, que yo había desplazado de su sitio unos desastrosos minutos antes. César de Miguel, contagiado por mi esencia, cayó con todo el equipo sobre lo poco vivo que yo había dejado, y el estruendo fue tal que corrí a encamisarme, ahora de azul, y a ver cómo podía ayudarle. Él se reía en el suelo del salón, salpicado de todo. Y de repente, me fijé en su sexo con absoluto espanto.

            -¡César! ¿Qué te has hecho ahí? ¡Ay, Dios mío de mi vida! -Solo había mirado un segundo su parte contratante, pero aquello distaba mucho de tener buena pinta.

            -¿Esto? Será un canapé de anchoa, tranquila. ¿Te gusta lo salado? -dijo riendo por mi ocurrencia.

            -Menos mal… Entonces, ¿estás bien? Me temo que te he pegado la habilidad, querido…

            -Estoy perfecto. Y ahora ambos volveremos despacito a la cama, y dejaremos los brindis para después. ¿Sí?

            -Trato hecho. ¿Sabes? Si todo esto lo leyera en una novela, no podría creerlo…»

 

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¡¡Gracias!!   

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