Ficción., Mis libros, Romántica, Sueños

Capítulo 21.- «Poesía rima con fantasía».

            «-¿Dónde estoy? ¿Usted sabe? Su aspecto me resulta familiar… ¿Le conozco?

            -Nos conocemos ambos, señora mía. ¿Es Luana Duarte León, por ventura, vuestro nombre?

            Un apuesto señor vestido de época, con ropajes negros y cuello camisero blanco me dirige unas palabras con suma cortesía, mientras nos encontramos sentados al borde de un precipicio, integrado en un paisaje nunca antes visto por mí, a cuyos pies el mar rompe contra infinitos peñascos, haciendo gala de toda su imperecedera fuerza. Estamos situados en un óleo perfecto de colores difusos y aroma a ensueño. Se respiran paz y calma acompasados en cierta brisa que nos envuelve, seductora. Hablamos presos del encantamiento.

            -Creo reconocerle, pero… ¡No es posible!

            -No ha de serlo en un mundo carente de poesía, de quimeras, de comedias y placenteros entreactos… pero aquí, en esta pintura alzada a nuestros deseos, todo se vuelve verosímil, querida mía. Permitidme deciros que poseéis los ojos más bellos que habré de contemplar jamás. Albergan la claridad de mis pobres versos, hambrientos en todo momento de inspiración.

            -De acuerdo: supongo que se trata de una visión guiada por una especie de ángel de la guarda o algo por el estilo. ¡Genial! Mi vida ahora mismo es un sinsentido lleno de amargura, de modo que me dejaré llevar por su voluntad. ¿Qué hacemos ahora? ¿Cuál es el plan?

            -No hay ningún plan, gentil dama. Limitémonos a contemplar la hermosura dispuesta ante nosotros, y a sentirnos agradecidos por ella. Respiremos sabiéndonos con vida y abandonándonos al destino que, a fin de cuentas, no es sino la consecuencia de nuestros actos. ¿Qué problema puede aquejar a tan joven señora para saborear la hiel de la amargura? Ilustradme, os lo ruego. Si en mi mano está, no dudaré en ofreceros auxilio y consejo.

            Los pigmentos de la escena iban cambiando de forma lenta y paulatina. El celeste superior que nos cobijaba dio paso a un dramático violeta que me dejó muda y boquiabierta. Este, a su vez, cedió protagonismo al más elegante de los grises, salpicado de algodones blancos y formas perfectas. Guardar silencio unos instantes era la mejor manera de aplaudir tal espectáculo. El caballero de bigote y breve perilla imitaba mis gestos y callaba conmigo. Después, inspiré profundamente y me atreví a violar el cuadro.

            -¿Cómo le llamo, señor? Lleva usted mucha razón: necesito su consejo aun en esta extraña alucinación que disfruto.

            -Llamadme por ni nombre de pila, hermosa dama. Sabed que estoy a vuestros pies y vuestros oídos, y que nada me satisfaría más que serviros de guía espiritual… o carnal, si os place. Por si lo ignoráis, os contaré que tuve el honor de desposarme en dos ocasiones con sendas señoras a cual más encantadora: en la primera oportunidad, doña Isabel de Urbina hizo de amable compañera para este truhán más dorado que de oro real, y en la segunda circunstancia, doña Juana de Guardo me concedió su exquisita mano. Fuera del matrimonio, no han sido pocas las mujeres que me han brindado sus encantos y a las que siempre ofreceré agradecimiento, honor y memoria. Mi lengua y mis versos sin duda han constituido mi mayor atractivo… Mas dejemos de hablar de mí, pobre diablo ingenioso, y contadme, contadme vos…

            -Me han vuelto a abandonar, don Félix, y en esta ocasión me resisto a creer que no haya una razón oculta tras el desengaño. Era el amor de mi vida, y si -como parece- ha huido de mí, jamás sabré ser feliz tal y como yo entiendo la dicha. Viviré una existencia resignada y mezquina, como la de la mayoría de la gente; sin pasiones, sin desvelos, sin desmayos, sin sentir su maravilloso soneto en cada centímetro de mi piel. ¿No cree usted que tengo motivos suficientes para el desespero? Ilústreme el caballero que tanta experiencia guarda.

            El secretario del Duque de Alba se atusó la perilla con una sonrisa condescendiente, y me miró como quien mira a un hijo cuya vida está aún por estrenar, sabedor de lo mucho que le queda por disfrutar y también por sufrir. Entonces, acercó su huesuda mano a mi cara y me habló con toda la ternura del mundo, mientras me acariciaba. Los cielos que admirábamos perplejos continuaban pasándose el testigo cromático de manera inagotable, y el mar correspondía reflejando tan delicada paleta de colores a su antojo y capricho. Inmersa en un mundo fantástico, aguardaba extasiada las sabias palabras de quien había probado el amor de manera absoluta.

            -Querida Luana Duarte: solo puedo deciros que si es cierto el sentimiento que referís, por sí mismo hallará el camino hasta vuestro corazón, tal como lo hizo la primera vez. Si es el hombre de vuestra vida quien os llamó a descubrirlo, sin duda y por más giros que su destino prevea, lo seguirá siendo por siempre. Sed paciente y aguardad buenas nuevas.

            -¿Y si no regresa? ¿Cómo continuar con mi vida? ¿Cómo hallo fuera de tan preciado bien mi reposo?

            -Si no regresa aún podréis probar el más noble amor, pues a buen seguro ese que mencionáis no lo ha sido. Hay quien -desdichado- no llega a conocerlo jamás, pero apostaría mi mejor comedia a que no será vuestro caso. Vos estáis llamada a la pasión y la habréis de encontrar. Confiad y recordad mis palabras. Ahora, si me disculpáis, debo ausentarme. Me aguardan impacientes pluma y papel. He de terminar lo antes posible una obra de intriga amorosa que he gustado en titular «La dama boba». No os déis por aludida en forma alguna, os lo ruego.

            Riendo juntos la ocurrencia, nos dispusimos a despedirnos de aquel paisaje ficticio pintado por nuestra imaginación, y nos levantamos ocupando un lugar vacío en el espacio sin más compañía o adorno que nuestras propias figuras. La suya, cada vez más difusa. Su voz, cada vez más lejana.

            Esperanzada y tranquila como hacía tiempo no lo estaba, desperté. Y tan enamorada como siempre, volví a sonreír».          

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