Mis libros, RELATO "LA FLOR CONTADA"

EL DESCANSO (La Flor contada).

Hacía tiempo que no me fijaba. Me observo detenidamente en el espejo que situé frente a mi mesa, durante aquella aburrida tarde de otoño, y me gusto. Ya lo creo que me gusto. Mi pelo rubio, largo, ondulado y con alguna mecha un tanto más clara que el resto, es en realidad precioso. Lo revuelvo entre los dedos de un modo coqueto tal, que cualquiera desearía hacer lo mismo con él, para empezar. Solo para empezar.

Mis claros ojos felinos miran con lascivia a quien pudiera apetecer el pronunciado escote que presume de senos. Son turgentes, blancos, redondos, deseables sin ninguna duda. Imagino a un hombre frente a mí, mirándome con tanta ansiedad que no pudiera cerrar esa boca que más tarde me llevaría al éxtasis. Y entusiasmada con la idea de unas caricias masculinas, empiezo a tocarme…

Ávidas manos de uñas largas y cuidadas recorren con enorme dilación mi cara, mi cuello, mi pecho y allí se detienen, finalmente. Traviesas, pellizcan el centro encontrado convirtiéndolo en la descarada guinda de un sabroso pastel que alguien debería estar probando, pero estoy sola -como casi siempre- y me contento con el propio deleite. Menos sería nada, querida. Ya sabes que es complicado.

Una vez erectos los senos, hambrientos y dispuestos a satisfacer seguros apetitos ajenos, deslizo mis dedos hacia el vientre que -de suave- se antoja su mordedura, y sigo recorriendo el trayecto que me enviará a un más allá terrenal y glorioso a la vez. A un paraíso carnal que no necesitará de divinidades para ser perfecto y completo. Está en mí y para mí. Soy yo, con mis éxitos y miserias, y no le debo cuentas a nadie. Ahí radica el éxito de la autocomplacencia. Ahí.

Y ahí, justamente, al valle del pecado y el sabor, se encaminan estas manos que todo lo pueden, si de placer hablamos. La diestra se empeña en separar unos muslos blancos como la nieve y tiernos como los pétalos de una rosa fresca. La izquierda, cómplice viciosa, roza con atrevimiento la parte posterior de mi cuerpo. Y sabe muy bien lo que hace.

Ya la humedad es palpable y hambrienta. Requiere satisfacción y la busca con vehemencia; la muy traviesa me pide a gritos silentes que insista, que continúe, que penetre, que dé su merecido al deseo. Ese deseo que motiva a mi cerebro para hacer lo que nunca hubiera pensado. Lo que nunca hubiera pensado nadie, por demás. Y es que…

Sí. El placer, al fin obtenido, es rotundo y mágico. Salvaje y agudo. Extenuante, inconsciente y excitante a un tiempo. Mi particular clímax. Eso lo explica todo, incluso el desdoblamiento. Sé de lo que hablo.

Y me relajo.

Unos impertinentes golpes en la puerta de mi despacho rompen la calma conseguida. Es Ruth, la enfermera de la clínica psiquiátrica, que necesita despachar con el doctor.

-¿Doctor Sainz? Me permito recordarle, tal y como pidió, que sus veinte minutos de descanso han terminado. Un paciente ya le aguarda en la sala. Le hago pasar.

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