Cuento, Eufemismos, Ficción., Vida

El plusmarquista.

Le llamaban así porque volaba más que corría, y porque presumía más que trabajaba. Dotado de una picaresca que ni el Buscón de Quevedo, con gracia se apropiaba de lo indebido, al tiempo que guiñaba uno de sus astutos ojos y obsequiaba a los presentes con pretendidos chistes, tan repetidos como rijosos.

El plusmarquista también alardeaba de correr en bicicleta, e ilustraba a la concurrencia con sus idas y venidas, registros y marcas, estas más inventadas que la fregona y el chupachús. El postureo, ora con casco, ora con dorsal, conformaba la motivación de su diario, plano y parado como el cerebro del fanfarrón.

En el fondo era chulesco, machista y misógino; corto de luces y largo de miras. En la superficie se evidenciaba falto de logopeda, medio calvo, eterno cabreado, y presto para la saca, cual buitrecillo hambriento pero avispado. La vida no le había ido mal hasta entonces, pasados los cuarenta, pues siempre se las ingeniaba para engañar a esta o aquella, a este o aquel, y de rapiña en rapiña, de treta en treta, iba escalando posiciones entre esa gente que admiraba su arrojo y su descaro al pronunciarse donde únicamente sabía: entre las ponzoñosas redes… Su incapacidad para el trabajo, la estabilidad, la prudencia y la calma, sumada a su ingente sentido de la importancia le valieron numerosos seguidores, ávidos de quien dijera lo que ellos no podían, no querían, o no se atrevían a excretar, y el plusmarquista, admirador a su vez de Pérez y Revertes, volvió a volar como él solo, y llegó tan alto en el escalafón de los lenguaraces, que incluso recibió la oferta de escribir un libro, previa paga y señal por la parte editora.

Aquello fue su ruina. La obvia necesidad de sentarse a rellenar un mínimo de 250 cuartillas, y así cumplimentar el trabajo encargado, arrastró a nuestro multimarca -nacido velocista y volátil- al acabose. Vencido ante la imposibilidad de seguir culpando -vía Iphone– al mundo entero de su triste sino, e incapaz frente a la tarea, abrió las puertas a esa depresión que le llevaría, volando más que corriendo, a su meta final.

Siempre nos quedarán sus tuits.

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