Libros, Opinión, Psicología., Reseña

“El saber proscrito”, de Alice Miller.

“La célebre psicoanalista suiza Alice Miller formula aquí una hipótesis terapéutica de prevención del mal que radica esencialmente en cómo el adulto suele sofocar muy pronto en el niño el conocimiento que él adquiere del mundo, con el fin de imponerle las propias enseñanzas, adquiridas a su vez de otro adulto, de una generación a otra. Así mutilado, el niño accede difícilmente «con naturalidad» a la edad adulta. Los obstáculos al desarrollo de su saber y de su íntima experiencia de los hechos le llevará a creer que el mundo está hecho de muros y alambradas. Ya adulto, construye a su vez su mundo de herméticas defensas. Miller nos indica cómo se puede, si se quiere, recuperar ese saber proscrito que el niño, que sigue vivo, aunque también proscrito en cada uno de nosotros, había obtenido por su cuenta”. (“El saber proscrito”, Tusquets Bolsillo).

Campamento de verano. Día de visita familiar.

Llegué a este libro llevada de mi concienzudo interés en averiguar algún porqué personal, y aunque concedo algo de razón a esta doctora en filosofía de difícil infancia, no concuerdo en otras de sus más convencidas afirmaciones. Tampoco deja de ser curioso que una de las mayores abanderadas por la causa del niño maltratado no integrara en su vida real, en su propia familia, ninguna de esas aseveraciones que con tanto ímpetu defendía en libros, artículos y conferencias. Todo un ejemplo del “haz lo que yo diga, no lo que yo haga”, que a mí nunca me ha convencido, ni gustado. Y si no, preguntad a su hijo, Martin Miller.

Su ensayo, de 232 páginas, contiene algunos pasajes que consiguieron llamar mi atención, como estos que ahora reproduzco:

“Mi dedicación espontánea a la pintura no solo me ayudó a descubrir mi historia personal, sino también a liberarme de las ataduras mentales y de los conceptos de mi educación y formación, que conseguí identificar como falsos, engañosos y fatales”.

“Algunas personas reaccionan ante estas verdades (los padres maltratan inconscientemente a sus hijos) con la siguiente frase: cada ser humano tiene su propio carácter; no se le puede reprochar a los padres sus peculiaridades, haciéndoles responsables de todas las miserias del niño”.

“Toda crítica a los padres se califica de pecado y provoca por ello fuertes sentimientos de culpabilidad. A los padres, aunque estén muertos, hay que perdonárselo todo”.

“Raros son los casos en que el paciente puede percibir y sentir por medio de recuerdos directos las desventuras de su niñez. Estos han sucumbido a la amnesia y se hallan proscritos. La historia real se revela por medio de la actitud del paciente para con las personas de referencia actuales…”

“La historia de los traumas tempranos no superados pugna por ser narrada y escuchada, por lo que se manifiesta, una y otra vez, bajo distintas versiones”.

“Los llamados niños difíciles o insoportables son convertidos en tales por los adultos (los padres)”.

Si bien Miller acierta en que “tocar (cuestionar) a los padres es un tema tabú” (no digamos ya hablar abiertamente sobre ello), no puedo coincidir con la autora en que la conducta de estos durante la crianza de los hijos sea el factor clave y absoluto de su posterior desarrollo como personas. Dicho esto, me consta que si Alice aún viviera y me escuchara, seguro que me dedicaría una gran sonrisa de condescendencia reafirmándose en lo proscrito de su saber…

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2 comentarios

  1. Manuel

    No conozco a esa señora, pero tampoco creo en el psicoanálisis como doctrina y no digamos como terapia.
    Pero en eso de no practicar en la vida real las bellas teorías que su privlegiada mente podía crear, tiene un precedente bien famoso (creo que suizo también, por cierto); nada menos que Rousseau.

    1. Venía recomendada en algunos artículos de psicología, y una que es curiosa, se puso a investigar. Mi sorpresa es que la relación con sus hijos fue nula. Vivir para ver. Ella también rechazó, al final, el psicoanálisis, amén de dejar a Freud a los pies de los caballos… Mejor teorizar menos, y practicar más. No es fácil, pero es lo que cuenta.

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