Mis libros, RELATO "LA FLOR CONTADA"

HABITACIÓN EN PERSPECTIVA (La Flor contada).

(Él):

Tenía la justificación perfecta, semana tras semana. La dificultad de las relaciones políticas de su mujer con su madre le había otorgado cierta licencia de la que podría aprovecharse mientras lo necesitara. Desplomándose en el viejo sofá de su clásico salón con un botellín de cerveza en la mano derecha y el mando del televisor en la izquierda, terminaría de ver el partido de fútbol que había comenzado una hora antes. Quizás tomara algún bocado rápido antes de partir a la casa de su progenitora. Su esposa le había reprochado algunas veces la elección del sábado como día de visita familiar, pero el gesto incómodo de su marido le indicaba que era mejor no profundizar en tal discusión; ya que ella no gustaba de codearse con su augusta y estirada madre, lo menos que le debía era la libertad de elegir cuándo verla en soledad. Quid pro quo le recordaba sarcásticamente él. Y por más que su fuero interno le quemara cada vez que su marido abandonaba la casa, debía aceptarlo como tributo para la paz conyugal. ¿Tenía otra opción?

Diez minutos después de finalizar aquel tedioso partido, el hijo pródigo se acicalaba frente al espejo del recibidor y recogía del vacía-bolsillos sus pertenencias más necesarias: las llaves, el móvil y la cartera. Un beso de buenas noches y un “No me esperes levantada”, concluían la noche para la pareja que tanto se ocultaba, tras sendas ventanas.

Llegó como cada noche de sábado y pidió la habitación de costumbre en aquel magnífico y soberbio hotel de Gijón, tan cercano a sí mismo y su historia. La recepcionista apenas le echó un vistazo a su identidad. Hacía calor a pesar de la cercanía del otoño. La luz se había disuelto lentamente en los cristales de la recepción. No había nadie. La crisis se hacía patente en cada momento, en cada lugar, sin embargo, él no podía dejar de aventurarse cada fin de semana en aquel episodio que tanto le embriagaba. El cliente fiel y habitual no llevaba equipaje, pues el alma no se portaba cerrada. Cogió su tarjeta, como siempre, y se dirigió al ascensor con paso firme y desganado a un tiempo. La guapa empleada de la recepción se quedó mirándolo mientras se perdía por el pasillo. Algún día le preguntaría el motivo de sus cortas visitas. Algún día que su hosco gesto cambiara.

Una vez en la habitación de costumbre, esperó a la medianoche tumbado en la cama, como si fuera una amante. Sin leer. Sin encender la televisión. Sin hacer nada. Solo se había quitado los zapatos y solo se dejaba acompañar por la penumbra interrumpida a ratos. Anuncios… A las doce menos cinco se levantó como un resorte sin voluntad propia. Abrió el minibar y preparó dos gintonics, mientras lo huraño de su rostro se desvanecía sutilmente. Luego, descalzo de zapatos y conciencia, se dispuso a abrir la ventana. El aire aún era cálido. Buscó el haz de luz que salía desde el edificio situado justo enfrente de esa fachada del hotel. Proyectaba imágenes que iban cambiando a lo largo de la noche. En ocasiones, anuncios. En otras…

A las doce siempre aparecía la figura que él buscaba. Solo había que estar en la habitación 842: el sitio justo para que todo se volviera azul. ¡Cómo amaba ese azul! Allí o en la 824. Los mismos números cambiados de orden. Esas dos ventanas eran las que él buscaba de forma alterna. Cada sábado era distinto del anterior solo por eso.

¿Por qué? Eso se preguntaba ella desde el otro lado de su vida.

El tipo cogió un gintonic y le dio un sorbo. Lento. Pausado como el sabor híbrido de la ginebra con el amargor de la tónica. De no haber estado solo, un posible acompañante podría haber seguido el paso del alcohol a través de su garganta. Necesitaba ese trago para continuar. Un trago convertido en metáfora de una expresión de sufrimiento. También con la misma lentitud y cadencia, dejó el vaso encima de la mesilla de noche cercana y lo cambió por el otro, lleno aún. Se asomó a la azul ventana. Comprobó que no había nadie en la desierta acera. Despacio, como doliéndose, derramó el gintonic por la fachada iluminada. Lentamente, saboreando el momento.

Cerca, al otro lado de su vida, una mujer -ella- volvió a comprobar el prodigio que no se atrevía a contarle a nadie para que no la tomaran por loca: a la foto del hotel se le saltaba una lágrima de sus azules ojos cada noche de sábado. Unas veces en el derecho, y otras en el izquierdo. Era tan cierto como secreto. Y lo escribió en un relato que tituló “Habitación en perspectiva” y que empezaba con la figura de un hombre -él- entrando en la recepción de un lujoso hotel de Gijón.

(Ella):

Tras comenzar a contar su secreto y dar un pequeño trago a su frágil copa de vino rojo se sintió mejor. Más relajada. Relatar sobre un bellísimo milagro que solo ella parecía contemplar desde su modesto y anodino piso, no era opcional: debía hacerlo. Un hotel le parecía tan distinto y tan complejo a la plumilla aficionada que llevaba dentro… Siempre pensó que en un lugar así, tan vasto en espacios, podían sucederse muchas historias, aunque nunca creyó que la mejor de las que pudiera haber contado nunca se materializase en la propia fachada de un edificio.

Durante muchos sábados (demasiados ya, pensaba) se creía enloquecer por dos motivos: se quedaba sola durante buena parte de la noche, y el aburrimiento, el hastío y la tristeza de sentirse abandonada la conducían a la fiel copa roja y a la ventana donde podía observar, sin lugar a dudas, la preciosa y gigantesca fotografía de una mujer llorando; la sospecha del motivo de su soledad era la otra causa de su probable demencia. Pero de eso prefería no hablar. No con él.

La señora dialogaba con su misma escritura, con su folio en blanco, con su fiel pantalla, con su imaginaria pluma, con su obediente teclado, con su fotográfica memoria y con su otro yo, más lógico y racional, que le aseguraba -indignado y de manera tajante- que todo aquello que veía o que creía ver eran únicamente imaginaciones suyas. Todo no era sino pura fantasía: tanto la imagen hermoseada por las lágrimas alternas de sus ojos, como el desmayo íntimo de celos que sentía cada vez que quedaba en soledad. Sábado tras sábado.

Mas ella, escritora de impulsos y pasiones, ansiaba creer en el milagro. Sí, porque necesitaba (más que vivir incluso) la esperanza de quien se observa respirando al borde de un precipicio. Antaño, no hace tanto que no pudiera recordarlas con nostálgica perfección, las noches de sábado eran sinónimo de complicidad, cenas, velas, copas, bailes, abrazos, besos, pasión… Ahora, al poco tiempo de que él la dejara sistemáticamente con su memoria en sepia, eran trocitos prodigiosos de ilusión, materializados en un llanto ajeno e increíble que no podía dejar de admirar. Aquella enigmática mujer -temporal y puntual- de la fachada de aquel establecimiento hotelero de Gijón, se había convertido en su callado reflejo, en la representación de su sentir y en su secreta creencia: si la proyectada foto de un hotel podía cobrar vida, si podían esos ojos verter azuladas lágrimas que ella no sabía sino imitar de pura empatía; quizás también su marido quisiera dejar de abandonarla ada sábado en la noche, durante esas pocas horas en las que ella se palpaba muriendo de celos.

La señora pensaba que, tal vez, pudiera continuar escribiendo, narrando, hasta que ese hombre tan desconocido como familiar, aun en su ignorancia, dejase de protagonizar las ausencias repetidas que coincidían sistemáticamente con el llanto de la dama de noche. Quizás, solo quizás, llegara un mágico sábado ¿ya entrado el invierno? en el cual el tipo enjuto de rostro huraño prefiriese el calor de su lejano hogar –cualquiera que ese fuese- y la fotografía de azul y agua no tuviera que derramar ni una lágrima más para solidarizarse con una escribana de modestos vuelos como ella.

-Escribiré un desenlace tan irresistiblemente feliz que él, el tipo desconocido de inamovibles costumbres, no pueda rechazar: redescubrirá el amor en la carne de su mujer, difuminará el protagonizado por una imagen tan bella como ilusoria, y desandará el camino para obsequiarla y obsequiarse con su destino que no debe ser otro que Ella.

Que no debe ser otro que yo.

Y el infame proyector de imágenes tristes y afligidas se fundirá tras el contacto de un otoñal rayo que cambiará el sino torcido por la rutina. Él volverá a su lugar de origen. ¿Cuál será este? me pregunto. Y yo, a su vez, tendré una oportunidad. Dejaré de ver llorar y dejaré de imitar tanto lamento. Arrinconaré mi tristeza en un olvidado lugar de mi memoria y solo sabré mostrar mi amor, a él, a él, a él… ¡Mierda! ¿Cómo no supe hacerlo desde un principio?

Y tal y como lo pensó, lo escribió. Ella, la personalización de la melancolía, se hizo sonrisa para su marido, antes tan ausente, y capítulo tras capítulo se fue obrando el milagro que consiguió trasladar las noches de dolientes sábados hasta su propia cama y su propio ser. Sin saberlo -nunca pudo- el tipo del hotel había vuelto a su piel para quedarse. Todo era un milagro narrado, inventado, sufrido y reconducido en sesiones de llorada escritura y lánguida contemplación. Había logrado plasmar, ayudada por el rojo de su copa, todo lo que su alma iba necesitando a pequeños sorbos y, avalada por el entusiasmo y la creatividad, también había conseguido encarnizar el sueño de felicidad de aquella foto maldita.

Quiso la casualidad, el destino, o tal vez Dios, que al finalizar su obra un alma caritativa retirase el proyector de su azotea. Y quiso la casualidad, el destino, o tal vez Dios, que él tomase la copa que consiguiera elevar su ánimo nocturno al lado de la fantasiosa plumilla. Quiso -también- el cielo que se obrara el milagro. ¿Quién dijo que eso no era posible?

Los milagros existían. Incluso para una obstinada descreída como ella. La Habitación 842, su habitación en perspectiva, era la prueba.

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