Ficción, Mis libros, Relato breve

«Nicanor y la escritora».

«Existen personas que todo lo tardan: cuando Nicanor fue consciente de su amor por mí, yo ya estaba muerta.

Nos habíamos conocido, inexistente casualidad mediante, en una cafetería del pasado más cercano. Una cafetería cuyo nombre juré recordar y que -como tantas otras cosas- he olvidado. No llovía, no, que eso ya sería añadir otro maldito cliché a esta breve historia. Lucían el sol y los azules de aquella infancia nostálgica del poeta, y yo no dejaba de garabatear en mi cuaderno, rebosante de inspiración, gracias al trasiego de tanto ser humano como se mostraba ante mis ojos. Ellos, creídos personas, no eran más que palabras, sinónimos, adjetivos, verbos, situaciones, posibilidades…

Fue justo en ese momento de violento cierre de libreta (provocado por un inoportuno dolor de cabeza), que un hombre -luego llamado Nicanor- apareció abriendo la puerta del coincidente local. Entró e hizo desaparecer a todos. Casi me hizo desaparecer a mí, a mi libreta poseída de letras, y a mi recurrente jaqueca. Realizando un esfuerzo supremo por no desvanecerme junto a lo insustancial, bebí el último sorbo de té rojo que me coqueteaba en la taza y -alzando la vista- le miré. Era él. Las dudas eternas también se disiparon.

La imagen gozaba del retoque digital adecuado para nublar todo lo que no fuera Nicanor, acentuando así su esencia y su perfume a mío. Le vi dirigirse con decisión a la barra para -momentos después- ojear el salón plagado de mesas como la que yo ocupaba, y aquietar sus verdes en mi lugar, justo al lado de las cristaleras que todo lo contaban. Para entonces, yo ya me había enamorado. Él también, pero aún no lo sabía.

Fueron su permiso y su sonrisa los que me envalentonarían de tal modo, que allí mismo hice indefensa ostentación de mi interés, dejándolo algo confuso y retraído. Aun con ello, aun con aquella despedida más bien fría al término de su vermú y mi segundo té grana, seguía aturdida por eso que claman amor, y así salí a la vida, agradecida y rápida por demás. Demasiado.

Un chirriante golpe seco, y su rostro incrédulo frente a mis azules fueron todo lo que pude certificar antes del inevitable fundido, pero tenía que contarlo. Esta es la verdad; tal vez en mi libreta, ahora de Nicanor, se escriba un final más justo».

 

P.D.: Relato antiguo, incluido en antología de varios autores.

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