Crítica, Opinión, Prensa, Redes sociales, Reflexiones

Ofende, que me divierte.

Cada vez está más de moda, y cada vez se encuentra más presente en las geniales intervenciones de escritores, periodistas, humoristas y tuiteros todos. Se trata de ofender. De titular, hablar, escribir, cantar, radiar o -según el nivel- piar a costa de alguien, por amoral que resulte. Todo -arguyen- en aras de la libertad de expresión, del humor, y de -añado- lo frustrado que se está con la puñetera vida.

A la par, emerge una corriente de apoyo a los ofensivos sin fronteras, nutrida de la nostalgia de los años pasados, y amparada en lo ilimitado del humor añejo (que por lo visto era el bueno). Es decir: están los que insultan/divierten, por un lado, y los palmeros/divertidos, por otro. Todos creen llevar la razón cuando se expresan ofendiendo o riéndose del burlado, porque el humor (la genialidad) no debe conocer topes ni vergüenzas…

Y yo me pregunto: ¿qué tiene, por ejemplo, de brillante o gracioso hacer bullying (en inglés para que todos entendamos…) a una niña de 18 años? ¿Qué tiene de “sombrerazo” burlarse repetidas veces de su físico ante toda España? ¿Dónde encuentra el ingenio ese público que aplaude? ¿Tienen hijos, o hijas…? La respuesta última es que muchos de ellos, sí. Por increíble que parezca, esos que se han pronunciado dando por justo el acoso chirigotero, los tienen. Esos que se han mofado de una adolescente desde sus butacas, también.

¿Alguien seguiría viendo jocosa una actuación, monólogo o chiste que tuviera por objetivo a un discapacitado? ¿Gangoso? ¿Tartamudo? ¿A una mujer maltratada?  No, ¿verdad? Antes así era, y muchos -la evolución es lenta- lo echan en falta. ¿Por qué? Pues lo lógico sería pensar que esta gente tan graciosa no conoce a ninguna persona de estas características, pero tampoco es así. De hecho, algunos de los mayores defensores de esta práctica burlesca las tienen en su entorno próximo. Un par de ellos incluso aparecen de vez en cuando en televisión. Pensemos, entonces, que es porque no se trata de bromas sobre la peculiaridad o condición específica de sus parientes, pues no concibo que rieran divertidos una parodia que les afectara directamente a ellos. Es más, habría que escucharles en tal caso…

Concluyo que la buena salud actual de la ofensa no responde al sentido del humor ni a la libertad de expresión, sino a la falta de recursos, empatía, y solidaridad. Escasean la inteligencia y la originalidad para crear algo divertido, más allá del choteo a costa de alguien, y sobra malicia en esa hermandad que encuentra consuelo a sus propias carencias en la burla ajena. 

Ojalá algún día el título de esta entrada no tenga ningún sentido.

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