Mis libros, RELATO "LA FLOR CONTADA"

PASADO IMPERFECTO (La Flor contada).

-¡Eres lo más torpe que me he encontrado en la vida! ¿Acaso no sabes freír un par de huevos en condiciones, mujer? ¿Quién te crees que eres para presentarme este nauseabundo plato a las tres de la tarde, cuando yo vengo muerto de trabajar? ¡De trabajar para ti, que no se te olvide nunca!

-Pero, pero… Me dijiste que te gustaban muy hechos para no tener que comer pan, ¿recuerdas, cariño?

-¡Yo nunca he dicho eso! ¿Encima me estás llamando imbécil? ¿Quién, en su sano juicio, querría unos huevos tan refritos que ni siquiera se pueda mojar un trozo de pan? Ahora va a resultar que la buena señora sabe mejor que yo lo que uno mismo dice… ¿a que sí, a que es eso? ¡Venga, dímelo a la cara, y ni se te ocurra irte de aquí!

Juan arranca con ademán irascible la servilleta del cuello de su vulgar camiseta y se levanta de la silla, dejándola caer en el impulso. Se dirige encolerizado y fuera de sí hacia Rocío -que ya busca su acostumbrado escondite en el cuarto de baño-, y la atrapa cual buitre sobre su presa: por detrás y engarzando sus garras en la suave melena de la mujer. La gira con un brusco movimiento y le sitúa el aterrorizado rostro a un centímetro del suyo, pudiendo adivinar -aún- unos rasgos bellísimos, casi ocultos entre arrugas, ojeras y lágrimas.

-¡No me pegues, no me pegues otra vez, te lo suplico! Están al venir los niños y sufren mucho, Juan. ¡Hazlo por los niños! ¡Perdóname!

Una triste bofetada que enrojece la mejilla de la mujer y la tira al suelo, pone punto final a la agresión. Por esta vez. ¿Quién sabe hasta dónde llegará en una próxima ocasión, cuando la mayor nimiedad sospechada no se encuentre al gusto del señor? La sumisión y la ceguera de Rocío conseguirán que ese momento tenga lugar.

-Sí, quédate ahí, en la puta cocina, donde debes estar. Nunca serviste para nada, ni siquiera para darme gusto en condiciones. Por eso creo que tengo derecho a exigir un mínimo de calidad en mis comidas, ¡vamos, digo yo! ¿O es que un hombre no tiene ciertos derechos? Tanta tontería de la igualdad… Yo sí que les daba igual a las ministras esas: les daría igual por delante que por detrás, ja, ja, ja…

Juan se dirige al diminuto y antiguo cuarto de baño del paupérrimo piso donde viven él y su desdichada familia, y se dispone a afeitarse, no sin antes insultar reiteradas veces a su mujer, y anularla de tal manera que esta apenas intenta levantarse del suelo de la cocina donde antes quedó tirada, tras el golpe. El llanto -el enésimo llanto- no la deja ver que su marido vuelve a estar cerca de ella.

-¡No hay jabón para afeitarme! ¿Cuántas veces te he dicho que no me puede faltar el dichoso jabón para el afeitado? ¿Cuántas? ¿Treinta y tres…? ¿Cuarenta y tres…? ¿Un millón de veces…? No te aguanto más. ¡Inútil!

Sujetándola por la muñeca derecha, la fuerza del energúmeno consigue levantar a Rocío con una brusquedad tal que le desencaja su esquelético hombro. A pesar de los gritos de dolor de la madre de sus hijos, y de sus súplicas y ruegos, continúa golpeándola hasta la extenuación. Un último desvarío del que nunca fuera hombre la postra desfallecida y moribunda en el terrazo del exiguo recibidor, justo tras la puerta de entrada.

Realizando un esfuerzo sobrehumano, Rocío susurra a su marido que no la deje allí, que van a venir los niños, que la lleve a la cama y cierre la puerta. Cree que está bien pues ya no siente dolor, solo frío, mucho frío. Y un momento antes de expirar, su ceguera vuelve a hablar por su boca sangrante para decir: “Te quiero, Juan. Siempre te he querido. Perdóname, por favor”.

-¡Qué he hecho, Dios! ¡Cómo he podido volverme tan loco! ¡Rocío, Rocío…! -arrodillándose junto al cadáver de la que fue su esposa durante los últimos quince años, Juan llora por primera vez sintiéndose culpable absoluto, y maldiciendo su suerte. Asegura, entre histriónicos lamentos, que llamará a la policía y luego se arrojará al vacío de su séptimo piso. No quiere ver las desafiantes caras de sus hijos, otra vez.  Empapado en lágrimas tan absurdas como sentidas, repite como un mantra:

-Perdóname Señor, Perdóname Señor, Perdóname Señor… -y cubriéndose con ambas manos la cabeza, la agacha mostrándose como el pelele indeseable que siempre fue.

Tras un silencio sepulcral, un acalorado aplauso acompaña al numeroso público que se va levantando en su totalidad de sus vanguardistas butacas. El actor que interpreta a Juan tiende la mano a Rocío, su compañera de reparto, y ambos saludan agradecidos al respetable.

Corre el año 2100 y el maltrato ya solo tiene cabida en el teatro.

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