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¡Que no te quiten la sonrisa!

Que no te quiten la sonrisa… Es fácil decirlo, y difícil llevarlo a la práctica, cuando lees tanto, ves tanto, y recibes tanto… a tal fin. Y no siempre nuestros labios decaen cuando se trata de ese presente y futuro apocalípticos que observamos en los medios de comunicación, o que asumimos -resignados- por la mala labor de nuestros políticos. No. A veces, quien te quita la sonrisa, esa fuente impagable de felicidad contagiosa, es tu entorno más próximo. El que -en principio- te quiere y desea lo mejor para ti…

Seguro que vosotros tenéis algún ejemplo de esto. Seguro que, alguna vez, algún familiar, pareja, amigo, compañero, vecino, conocido o saludado, os ha cambiado el semblante cuando más contentos estabais. ¿A que sí? A mí me ha pasado más de una vez, y en todas las ocasiones ha supuesto una decepción amarga ver cómo esa persona no ha tenido reparos en coger un jarro de agua fría, y tirármelo por encima de la cabeza. Porque sí, porque la envidia, el coraje, la rabia, la comparación, la frustración, el narcisismo, o vete tú a saber qué, se lo valen. Así, menguando tu alegría, a ellos les crece. O eso piensan, supongo.

Y lo más divertido de todo es que se pasan la vida dando lecciones para evitar aquello que ellos mismos practican, sin -espero- darse la más mínima cuenta. Te quitan la sonrisa, te la esparcen por el suelo, y además, te sermonean para que tú no se la quites a ellos (ni, en teoría, a nadie más). Con un par. La viga, si eso, la dejamos para la obra.

Yo no soy de euforias exageradas, pero sí he tenido mis momentos alegres, felices, exultantes incluso, y rara es la vez que no ha llegado alguien con el puñetero jarro a aguarme la fiesta. Que no nos podemos mostrar tan dichosos, joder. Que no. Ni siquiera ante los que «nos quieren»… ¡¡A ver cuándo nos enteramos!! 

Esta entrada es para ver si, de una buena vez, también se enteran ellos, y dejan los sermones y los rapapolvos para la iglesia, o para sí mismos, que tampoco estaría mal… La autocrítica debe de ser carísima, por lo poco que se usa y practica. 

P.S.: Por economía lingüística, más que por convicción, sigo usando el masculino genérico, de modo que cuando escribo así, incluyo necesariamente a las mujeres. 

P.S. II: ¡¡¡¡Que no os quiten la sonrisa!!!! 

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2 comentarios

  1. Manuel

    Me temo que la autocrítica preferida es la que se le hace al vecino o al pariente… aunque no sea esa la definición evidentemente… Pero también a eso hay que sobrevivir, con una sonrisa, por supuesto. Y en tu caso con más motivo, nadie podrá decir que tu sonrisa no es bonita. Así que alterártela debería ser delito tan grave al menos como ese tan de moda de «sedición» …..

    1. Sí, Manuel, pues no descansan, oye… Y no es que sea nada grave (menos mal), pero siempre está la/el pejigueras de turno con el comentario hiriente/sarcástico/estúpido, para quitarte la sonrisa de la cara. Para dejarte en mal lugar. Para desdecirte. Eso debe divertirles tela marinera. O yo no tengo ningún sentido del humor, también puede ser…

      Gracias por la apreciación (de la sonrisa). 😀

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