Ficción., Recalato

«Que tenga un buen día».

Tendré que pisar el acelerador. Recuerdo mi juramento, pero llegamos tarde a su fiesta. A esa que le he preparado a pesar de algunos -malditos envidiosos-, y en la que me he dejado el alma. Mi hija cumple hoy su mayoría de edad, y todo está ya listo en la finca que su padre y yo adquirimos cuando ella nació, y en la que tan felices hemos sido durante muchos años. Solo faltamos nosotras. Miro a la derecha y la observo: tan bonita, tan frágil, tan niña, con esa melena oscura que le cubre parte del rostro, y esos ojos claros empeñados en no sonreír…

La Guardia Civil me hace señales. Debemos parar. Quedamos al margen de la carretera. Sin duda se me ha ido el Santo al cielo, y le he dado demasiada caña al coche. Acepto la multa y la advertencia del agente. Admito la imprudencia y la distracción. Lo único que no tolero es que nos salude y despida en singular.

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