Mis libros, RELATO "LA FLOR CONTADA"

UN GRAN TRUCO (La Flor contada).

Terminaba de apagar un cigarrillo en la acera, antes de entrar en aquel bar plagado de recuerdos, cuando vio el llamativo cartel multicolor de la pared: “LUNES 22 DE ENERO: SESIÓN DE MAGIA E HIPNOSIS GRATIS EN EL PUB SOL Y SOMBRA. OS ESPERAMOS A LAS 18:00 H. ¡VENID, PORQUE PODEMOS GARANTIZAR QUE NO OS ARREPENTIRÉIS!”

-Qué presuntuosos -pensó rascándose la cabeza por la zona de la nuca-, aunque bien mirado, ¿qué otra cosa tengo mejor que hacer esa tarde de lunes? Es gratis, me distraerá de mis negros pensamientos y me ocupará otro rato más. Cuanto más entretenido esté, menos beberé.

Tras su reciente y amargo divorcio -él no lo deseaba en absoluto-, Rafael Vergara pretendía pasar el resto de su vida trabajando, leyendo, conduciendo, cocinando o remando. La tarea era lo de menos. Necesitaba no pensar. Si se topaba con la imagen mental de su exmujer, la angustia se apoderaba de él y llegaba a sufrir pequeñas crisis de ansiedad que lo dejaban para el arrastre. Todo su afán actual consistía en proveerse de labores, distracciones, reuniones, eventos y demás artificios con los que taponar la herida. Aún sangraba demasiado.

Aquel anuncio de magia gratuita le resultaba tentador. Posiblemente se trataría de un charlatán de mediana edad, fracasado y abocado a reducir su vida a trabajar y a la soledad, es decir, se trataría de un tipo como él. Eso ya le resultaba motivo de simpatía y solidaridad. Igual hasta se presentaba y le estrechaba la mano. Igual hasta le invitaba a una copa. Igual hasta encontraba un apoyo nuevo en quien volcar su asco vital… Iría. Lo demás era el consabido cuento de la lechera, pero el asistir no dependía más que de él. Definitivamente, iría.

Y algunas horas muertas después, tras un fin de semana tan repugnante como los ocho últimos sin Natalia, Rafa apagó con una media sonrisa el despertador. Recordaba que por la tarde tenía una cita con la ilusión. Con la magia. Con un hombre como él. Con la esperanza… Bueno, tenía una ocupación divertida, y eso ya era suficiente. Jugaba en su mente con la idea de que entraría solo en aquel local, pero no saldría del mismo modo. Tenía una corazonada. Y era tan fuerte como cuando, diez años atrás, vio a aquella chica tan preciosa y supo de inmediato que se convertiría en su mujer. Natalia… ¡Dios, cómo la echaba de menos!

A las seis de la tarde, nuestro hombre triste y cano hizo acto de presencia en el Pub Sol y Sombra. Hubo de llevar paraguas, pues la tarde ennegreció por momentos, y una tormenta digna de su presente vital descargó mientras se encaminaba a dejarse engañar por un cómico. Encogiéndose de hombros, acelerando el paso, y cerrando el empapado artilugio, entró en el bar. No más de una docena de personas rodeaban -sentadas- al dueño, que iniciaba sonriente la presentación del actuante. Había llegado justo a tiempo, por una vez en su vida.

-Señoras, señores: tengo el honor de presentarles al increíble e inimitable Mago Jota… ¡¡Les pido, por favor, un fuerte aplauso de bienvenida!!

Las escasas pero entusiastas palmas de los allí congregados dieron paso a un joven -maldita sea- de unos treinta años, que lucía una elegante barba recortada y unos ojos claros que proyectaban serenidad y bonhomía. Rafael tomó asiento en la mullida butaca roja que encontró más cercana, e hizo una señal al camarero para homenajearse con un café. Tiempo habría para emborrachar los recuerdos.

-Señoras, señores: quiero que me presten toda su atención. Voy a realizar el truco para el cual han venido ustedes aquí. Voy a regalarles algo que conseguirá que ninguno de los presentes se arrepienta de haberme conocido. Garantizado. Es un gran truco. Mi especialidad. Cierren ahora mismo los ojos, si son tan amables.

Dando un sorbo a su incómoda taza de diseño, Rafa esbozó una sonrisa. “Habrá que hacerle caso o me llamará la atención” pensó, y sin dejar de sonreír, cerró con fuerza los ojos y siguió, como el resto del público, sus instrucciones.

-Escuchen: mientras yo repito una oración en voz baja, una y otra vez, quiero que formulen un deseo. Cada uno el suyo y para sí mismo. Deben ver el deseo. Sentirlo y tocarlo. Creer. Sobre todo, deben creer… Cuando oigan una palmada, abran los ojos y… discúlpenme, pero yo ya no estaré. Empecemos.

Nervioso, intrigado y excitado, el reciente divorciado no podía desear más que una cosa y así lo pensó. El nombre de su exmujer resplandecía en su mente con luces de neón. Aunque hubiera querido, no habría podido pedir algo distinto. Algo más factible, práctico y aconsejable. ¡Qué más daba! ¿Acaso aquel tipo era algo más que un engañabobos? Y bastante novato, por lo que parecía: ni siquiera se quedaba para dar la cara tras fallar el truco.

Minutos después, lo que sonó como una fuerte palmada realizada por el dueño del local despertó de sus ensoñaciones a la docena de clientes ávidos de magia. El Mago Jota no se encontraba por ningún sitio y todo seguía tal y como al principio. ¡Menudo chasco de función! ¡Aquello era realmente una estafa! Decidió apurar el café y volver a su apartamento en busca de algo más fuerte con lo que eclipsar nombre femenino alguno.

Y Rafael Vergara salió del lúgubre bar con la intención de abrir su paraguas, solo que ya no hacía ninguna falta.

Un descarado sol pintado en un celeste inmenso, provocó que Andrés se buscara las gafas entre los bolsillos de su chaqueta. No las tenía, lógicamente, y avanzó unos pasos en dirección a su coche, aparcado dos calles más adelante. No llegaría. Alguien le interrumpió el paso.

-¡Rafa! ¡Por fin te encuentro! Llevo buscándote un buen rato. ¿Cómo no estás en casa? ¿Sabes que la pobre Nata ya lleva dadas dos vueltas a la manzana? ¡No la hagas esperar, hombre: es un consejo de amigo casado!

-¿Fernando? ¿De qué me hablas? ¿Y qué te has hecho, chaval? Pareces más joven. ¿Dejaste el tabaco, quizás?

Un sorprendido Rafael miraba incrédulo a su amigo y -en su día- padrino de bodas, Fernando Sánchez, quien no solo parecía obscenamente más joven, sino que además iba vestido tal y como recordaba aquel 22 de Enero de hacía cinco años. Sin proponérselo, se observó a sí mismo en el espejo retrovisor de una motocicleta allí aparcada: él tampoco tenía en su pelo cana alguna.

-¡Natalia te está esperando, macho! ¿Vas a llegar tarde el mismo día de tu boda? Venga, acompáñame. Tomaremos un taxi y te vestirás a la velocidad de la luz; por lo que sé, no está precisamente contenta. La llamaré y le juraré que solo serán quince minutos más. ¡Joder, qué día llevo!

Y volviendo la vista atrás, preguntándose perplejo, pero absolutamente feliz, si aquel Jota charlatán no sería un mago real, observó alucinado que allí no existía pub alguno. Una hermosa Iglesia ocupaba su lugar, y en su reloj de pulsera se anunciaba -increíble pero cierto- el número veintidós.

No preguntaría más: volvería a empezar -como había deseado con toda su alma- y esta vez lo haría bien.

Esta vez sería mágico.

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