Mis libros, RELATO "LA FLOR CONTADA"

UNA CONVERSACIÓN PRIVADA (La Flor contada).

(Una mujer sin determinar entra en una cafetería situada en el centro histórico de su ciudad. Se dirige a una de las mesitas redondas de madera -la más esquinada- que abundan en el elegante local. Una gran columna la aparta del resto de los clientes. Toma asiento y hace un gesto a la camarera para que le traiga un café. Ya servida, se queda pensativa observando la delgada línea que forma ante ella el humo de su bebida. Al poco tiempo…).

-¡Hombre, tú por aquí!

-¿Te extraña?

-Mucho; de hecho llegué a pensar que no te vería nunca más.

-Sabes que eso solo dependía de ti, de que te decidieras.

-Sí. Me asustaba esta charla, pero también sé que debíamos mantenerla. Más tarde o más temprano, y aquí estoy.

-Aquí estamos. Frente a frente.

-¿No tomas nada? ¿Te pido un café cortado? (pregunta señalando el suyo).

-No, gracias. Conque tú tomes, me basta.

-Bueno,  pues ya que estamos, será mejor que nos dejemos de rodeos ¿no te parece?

-Por supuesto, querida, ¿para qué si no, serviría esta conversación?

-Genial. Ya sabrás lo mucho que me ha costado venir aquí.

-Lo sé perfectamente y no te haré perder el tiempo. Tú quieres que yo te hable con franqueza. Que te diga lo que tanto te asusta. Que te diga quién eres.

-Exacto: es, a un tiempo, lo que más deseo y lo que más temo. Pero ya es hora. He cumplido 45 años y me lo debo como regalo. Ya es hora.

-Perfecto entonces. Ahora calla y escúchame. Escúchame con toda la atención de que seas capaz, que yo sé que es mucha. Si has dado este paso y te has enfrentado a tus miedos, no seré yo quien retroceda. Te hablaré sin tapujos ni cortapisas. Te hablaré como tú te mereces  y cuando acabe, sabrás qué clase de persona eres. Al fin.

(La mujer que da un último sorbo a su taza de café, no puede creer lo que sucede. A sus 45 años comenzará a entender el porqué de muchas cosas. Y lo hará al conocerse mejor a sí misma. Quien se lo procura, sabe bien de qué habla).

-Mírame. Te crees fuerte y eres muy débil, aunque hoy estás demostrando que quizás un poco menos de lo habitual en ti. Tus cargadas ojeras revelan tu cansancio vital: no eres feliz en absoluto con la rutina que te han creado, que te han hecho llevar. Sí, porque no es la que tú hubieras escogido en absoluto. Tu marido no está a tu altura y lo sabes, tus hijos no son todo lo deseados que deberían haber sido, tu familia reniega de ti por tu complicado e impulsivo carácter, a pesar de que lo niegues todo una y otra vez. Hasta hoy, tal vez.

No te regalaré, como ves, el oído. Soy la única persona capaz en esta tierra de decirte cómo y quién eres en realidad, bajo ese disfraz que te has adherido a la piel y a la existencia, y conseguir que me escuches sin marcharte. Eres una fracasada, cariño. Eso eres. Y buena parte de la culpa es tuya, por más empeño que pongas en acusar al resto del planeta. Te has convertido, a tus aún pocos años, en una amargada que únicamente vive para señalar los defectos ajenos. Te encantaría poder vivir la vida de cualquiera de tus conocidos, que amigos no tienes ni tendrás, de seguir así. Sueñas con ser esa profesional y ama de casa burguesa que tanto criticas y manifiestamente detestas, pero a la que envidias por su trabajo y su cuidado atuendo, su responsable y honesto marido, sus educados y estudiosos hijos, sus fechas señaladas, sus aniversarios, sus viajes y sus planes de futuro. Su bonanza económica. Sus creencias… Yo no gano nada con mentirte o con adularte. Te hablo así porque tú lo has decidido, y pienso continuar.

Tu trabajo no te satisface, porque no lo elegiste tú. El de tu marido, tampoco. Tus hijos no son buenos estudiantes y, probablemente, tampoco te harán sentirte orgullosa en ese aspecto. Tu familia no existe. No tienes a quién recurrir ante un problema. No tienes amigas fieles. No tienes perspectivas de mejora en ningún aspecto de tu vida. Sabes que, de seguir este camino, envejecerás sola y pobre. Endeudada y rebosante de hiel. Tus hijos, carentes de valores, te darán la espalda cuando seas mayor. Tu marido ya te la ha dado, aunque insistas en tapar sus andanzas con la manta de la conveniencia. Una relación alimenticia, eso es lo que tienes, nada más, así que imagina la ayuda que puedes esperar de su parte cuando las ahora hermosas tetas te lleguen al ombligo. Y entonces será tarde, muy tarde para reaccionar. Y tú sabes todo esto que te digo pero, hasta hoy, te lo negabas una y otra vez.

¡¡Una y otra vez!!

(Tras una hora más de intensa escucha, acalorada e indignada ante tal demostración de desfachatez, la mujer que ahora pide –suplica- un vaso de agua fresca a la extrañada camarera, rebusca en su bolso un abanico. Al tiempo que lo utiliza, dirige valiente una penúltima mirada a su interlocutor, situado frente a ella).

-¿Alguna cosa más, o ya has terminado?

-Ninguna. Sabes lo que has de hacer. Si te quedaba alguna duda, a partir de este momento todo está aclarado. Ya sabes cómo y quién eres. Ahora actúa y toma las riendas. ¡¡Demonios!! ¡¡Aún estás a tiempo!!

(Dejando el vaso de agua completamente vacío sobre la pequeña mesa de madera, Carlota –ahora sí- se levanta de su asiento. Se contempla por última vez en el espejo que rodea la columna del local y ante el cuál quiso acomodarse, y deja unas monedas en el platillo que muestra la cuenta, y que señala la cruda realidad: mesa nº 15, un comensal, un café cortado, un euro con veinte céntimos…).

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